INTRODUCCIÓN
San Sebastián de Garabandal, la pequeña aldea cantábrica de las apariciones marianas de los años sesenta, fue testigo de miles de apariciones de la Santísima Virgen refrendadas por tantísimos signos de orden sobrenatural y prodigios.
Los signos son eso: signos. Son señales que indican otra realidad. En este caso la presencia del divino. El signo no es dado para quedarnos en él sino que apunta al mensaje que vino a darse.
Ciertamente, el primer mensaje es la presencia amorosa de la Madre de Dios y la cercanía que manifiesta mostrándose madre comprensiva y atenta al más mínimo detalle, a la menor preocupación o sufrimiento y también alegría de sus hijos.
Ella es Madre universal, de todos los hombres, y de cada uno en particular. Así la conocieron y transmitieron las niñas en Garabandal.
Pero, además de mostrarnos su imagen maternal y por ese mismo motivo, la Santísima Virgen vino a decirnos cosas muy importantes y urgentes para nosotros, para nuestra salvación, para la salvación del mundo.
Para una mejor comprensión conviene situarse en el tiempo de estas apariciones. Estamos al comienzo de la década del 60, cuando pocos meses después el Papa Juan XXIII convocará a un nuevo Concilio, el Concilio Vaticano II. Estos años son también los del comienzo del espíritu de protesta y rebelión que signarán toda la época y en los que se daban los primeros pasos hacia la cultura de la muerte, la pérdida de valores como la familia y la instrumentalización del sexo. La década del 60 es la del existencialismo y del apogeo comunista, la de la construcción del muro de Berlín y de la guerra fría, la de la crisis de misiles en Cuba y el asesinato del presidente Kennedy. También la de la contracultura del movimiento hippy y de la predominancia de las ideologías, la de la píldora anticonceptiva.
La Madre de Dios vino a hablarnos en ese tiempo, que es nuestro tiempo. Nos habló con su presencia, con sus palabras y también con signos y prodigios.
