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jueves, 18 de abril de 2013

Domingo de la Divina Misericordia Ciclo C 7-04-13


Jesús dijo que somos bienaventurados
Como el apóstol Tomás, todos queremos pruebas de lo que nos dicen. Nadie quiere pasar por ingenuo con tantos cuentos sobre la religión que dan vueltas. La cultura de hoy exige el “está científicamente comprobado”, como un sello de garantía. En las escuelas, en las universidades, se enseña que todo debe ser demostrable, comprobado. Por eso es que queremos ver para creer. Paradójicamente, la credulidad se manifiesta por la fe que damos a los medios de comunicación, en especial a la televisión, que nos muestra lo que aparenta ser verdad en los líderes ideológicos, la publicidad, los vendedores de espiritualidad… A veces, se pretenden milagros para creer. Pero no se advierte que estos no proveen la fe ni la hacen, sino que la fe hace los milagros, cuando Dios quiere dar su gracia. Tomás tuvo la gracia de “ver” y “creer”. Pero también recibió un reproche amoroso por incrédulo, y más aún por haberse alejado de la comunidad y dudar del testimonio que recibía de sus hermanos. No tengamos miedo de presentar al Señor nuestras faltas de fe, nuestra incredulidad. El Señor no nos rechazará por eso, sino que se acercará más todavía. El Señor nos quiere apóstoles, colaboradores. Lo seremos sólo si lo reconocemos libremente, como Tomás, Pablo, Teresa de Calcuta y muchos otros. Las pruebas y las demostraciones teológicas no dan la fe, que es un don de Dios que llega a través de la aceptación del evangelio y del testimonio de la comunidad creyente. Si no vivimos en la unidad de la comunidad y no compartimos alegremente, es muy difícil recibir la paz y la alegría que da el resucitado, esa bienaventuranza que el Señor pronunció para todos los que creen.
P. Aderico Dolzani, ssp.
"La Fiesta de la Divina Misericordia se celebra el primer Domingo después del Domingo de Pascua. Sor María Faustina, apóstol de la Divina Misericordia, forma parte del círculo de santos de la Iglesia más conocidos. A través de ella, el Señor Jesús transmite al mundo el gran mensaje de la Divina Misericordia y presenta el modelo de la perfección cristiana basada sobre la confianza en Dios y la actitud de caridad hacia el prójimo" (http://es.catholic.net/celebraciones/120/3051/articulo.php?id=16783).

PRIMERA LECTURA
Hech 5, 12-16

Lectura de los Hechos de los Apóstoles.

Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo. Todos solían congregarse unidos en un mismo espíritu, bajo el pórtico de Salomón, pero ningún otro se atrevía a unirse al grupo de los Apóstoles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos. Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres. Y hasta sacaban a los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos. La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos o poseídos por espíritus impuros, y todos quedaban sanados.

Palabra de Dios.

SALMO
Sal 117, 2-4. 13-15. 22-27a

¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! O bien: Aleluya.

Que lo diga el pueblo de Israel: ¡es eterno su amor!
Que lo diga la familia de Aarón: ¡es eterno su amor!
Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor! 

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Éste es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él. 

Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
el Señor es Dios, y él nos ilumina.

SEGUNDA LECTURA
Apoc 1, 9-11a. 12-13. 17-19

Lectura del libro del Apocalipsis.

Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tribulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía: "Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias que están en Asia". Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro. Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: "No temas: Yo soy el Primero y el Último, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo. Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro".

Palabra de Dios.

EVANGELIO
Jn 20, 19-31

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan". Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". Él les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré". Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe". Tomás respondió: "¡Señor mío y Dios mío!". Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!". Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Éstos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Palabra del Señor.


HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica de San Juan de Letrán
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, 7 de abril de 2013


Con gran alegría celebro por primera vez la Eucaristía en esta Basílica Lateranense, catedral del Obispo de Roma. Saludo con sumo afecto al querido Cardenal Vicario, a los Obispos auxiliares, al Presbiterio diocesano, a los Diáconos, a las Religiosas y Religiosos y a todos los fieles laicos. Saludo asimismo al señor Alcalde, a su esposa y a todas las Autoridades. Caminemos juntos a la luz del Señor Resucitado.
1. Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado «de la Divina Misericordia». Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía.
2. En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.