Queridos hijos, el amor me conduce a ustedes -el amor que también deseo enseñarles- el verdadero amor. El amor que mi Hijo les mostró cuando murió en la cruz por amor hacia ustedes. El amor que está siempre listo a perdonar y a pedir perdón. ¿Cuán grande es el amor de ustedes? Mi Corazón materno se entristece cuando busca el amor en sus corazones. No están dispuestos a someter por amor vuestra voluntad a la voluntad de Dios. No pueden ayudarme a hacer que aquellos que no han conocido el amor de Dios lo conozcan, porque no tienen el amor verdadero. Conságrenme sus corazones y yo los guiaré. Les enseñaré a perdonar, a amar al enemigo y a vivir según mi Hijo. No teman por ustedes. Mi Hijo no olvida en la aflicción a los que aman. Estaré junto a ustedes. Rezaré al Padre Celestial para que la luz de la eterna verdad y del amor los ilumine. Recen por sus pastores para que, a través de vuestro ayuno y vuestra oración, puedan guiarles en el amor. Gracias.
Comentario
Al contemplar la cruz de Cristo, meditando su Pasión se aprende el verdadero significado del amor. Amor, no es sentirse atraído por las pasiones del momento, tratando de satisfacer los instintos, disfrutando del otro como si fuese un objeto desechable. ¡Eso no es amor! El amor es darse y procurar siempre el bien, ese bien que viene de Dios, que es seguir su perfecta voluntad. No es un apropiarse sino un respetar y darse. El verdadero amor requiere perdón. El perdón dado y perdón pedido, y primero de todo a Dios. Perdonar es purificar el corazón. Sin un corazón puro, no se puede subir a la montaña espiritual del amor. Todos necesitamos ser perdonados por Dios, somos necesitados de su misericordia, y también tenemos que perdonar para que nada oscurezca nuestras almas, para que ningún sentimiento negativo nos aleje del Señor.
Hay muchos que ni siquiera saben que han pecado, porque se ha perdido la noción de pecado y entonces la conciencia es ofuscada o sofocada por la contumacia en el pecado. Sin embargo, esto no quita que el pecado igualmente tenga un efecto devastador sobre la persona. Lo mismo ocurre con el perdón que no es dado: el rencor como todo sentimiento negativo corroe el alma, el odio la destruye. Al no querer perdonar, la persona se autoexcluye del perdón de Dios, porque el perdón de Dios está condicionado a nuestro perdón. Lo decimos en cada Padrenuestro: perdona nuestras pecados -"nuestras ofensas"-, es decir nuestras ofensas a Dios que son los pecados que cometemos, “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden", es decir aquellos que nos hieren de tantos modos como ridiculizándonos, ignorándonos, calumniando, cometiendo violencia.
Por ello, debemos pedir perdón a Dios por nuestra falta de amor y de verdad. Reconozcamos el mal que anida en nuestro corazón, el mal que hemos cometido y cometemos y pidámosle perdón. Que Él nos perdone por nuestra arrogancia y orgullo que se ponen de manifiesto cuando la menor cosa nos hiere. Que nos dé su perdón por las veces que no somos instrumentos de paz sino de discordia, y por las veces que hemos endurecido el corazón y no vimos el dolor de los demás o que no hemos sido capaces de dar una palabra de consuelo, de conforto, de cercanía a quien de ello tenía necesidad. El Señor tenga misericordia de nosotros cuando permanecimos en el odio, el rencor. Que nos perdone por no haber perdonado, por las veces que no hemos sido misericordiosos. Misericordia y perdón van juntos. Ser misericordioso es la condición que el Señor requiere de nosotros para recibir su misericordia. "Sed misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. Dad, y se os dará: una medida buena, apretada y rebosante, será derramada en vuestro regazo, porque con la medida con la que medís se os medirá a vosotros" (Lc 6:36-38), y también "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia "(Mt 5:7).