“¡Queridos hijos! Hoy los invito al
bien. Sean portadores de la paz y de la bondad en este mundo. Oren para que
Dios les dé fuerza a fin de que en su corazón y en su vida, reinen siempre la
esperanza y el orgullo de ser hijos de Dios y portadores de su esperanza, en
este mundo que está sin alegría en el corazón y sin futuro, porque no tiene el
corazón abierto a Dios que es su salvación. Gracias por haber respondido a mi
llamado. ”
Comentario
Las invitaciones de la
Santísima Virgen no son llamados al voluntarismo. No nos está diciendo que
lograremos, como en este caso por ejemplo, ser portadores de paz y de bondad
como efecto de nuestra sola voluntad. No es que yo me propongo ser bueno y con eso
basta. No es así. La voluntad es imprescindible, claro está, en tanto voluntad
de orar a Dios para que conceda esos bienes, voluntad de rezar para estar cerca
del Señor y vayan sus gracias penetrando en mí. Es decir que la voluntad va
dirigida primero y siempre a la oración, a la apertura del corazón a Dios, y
luego al ejercicio de las virtudes y la represión de los malos hábitos. De la
oración parte todo y viene todo, porque ella es encuentro con Dios. Nada
podremos llevar al mundo si antes no lo hemos recibido de Dios. Nada bueno. La
oración es el reclamo constante para poder hacer lo que la Madre del Señor nos
pide. Por eso, implícitamente, la invitación al bien es ante todo un nuevo
llamado a la oración del corazón y, especialmente a la oración mayor de todas,
la Eucaristía, que es la oración dirigida al Padre ofreciendo el sacrificio
puro, santo, propiciatorio que el mismo Hijo hizo de sí. El sacrificio por el
que nos viene la salvación es la Eucaristía. La Eucaristía celebrada es, al
mismo tiempo, la presencia del sacrificio del Señor, “aquí y ahora”; la
presencia de su Persona, y el banquete sacro por el que recibimos su carne y su
sangre gloriosas que nos dan la vida eterna. Esa presencia es un don infinito
que Dios nos hace, es un grandísimo regalo que nos permite amar, trabajar para
los otros y volvernos instrumentos de salvación porque allí recibimos la fuerza
del Espíritu, allí recibimos la paz y el bien que se nos pide, allí nos
cargamos de esperanza y aumenta nuestra fe. Ante la infinita donación
totalmente gratuita del Señor nuestra respuesta es la gratitud perenne que
ofrecemos en la tierra en cada Eucaristía dignamente celebrada y
conscientemente participada y en adoración perpetua.
Al
mismo tiempo el llamado al bien, a ser portadores de bienes celestiales,
requiere en nosotros una conciencia activa. Es decir, detectar inmediatamente
toda desviación al bien que surja en nuestros corazones, toda tendencia y
acción maléfica, a veces disfrazada de cosas buenas. Y una vez detectadas
purificar el corazón mediante la confesión sacramental. No debemos tolerar el
mal que quiere constantemente anidarse en nosotros.