Contra quién
apuntamos el dedo
El Papa Francisco rezó su primer Ángelus, ante una multitud que abarrotaba la Plaza de San Pedro que quería recibir y escuchar al Papa, les habló, tomando el evangelio del día (Jesús y la adúltera), de la misericordia divina. “El rostro de Dios –dijo a los presentes– es el de un padre que no se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”.
El Pontífice utilizó papeles pero también improvisó y habló al mundo del perdón y la misericordia.
Hoy
escuchamos el relato de la pasión del Señor. También lo escucharemos el Viernes
Santo. Y seguramente algo sentiremos en nuestro interior: compasión por los
sufrimientos de Jesús y María, indignación por las falsas acusaciones y la
injusticia de los tribunales, lástima porque vemos que alrededor de Jesús hay
quienes siguen el ritmo de sus pequeñas cosas como si nada… Así escuchamos y
vivimos la Pasión como la mujeres de Jerusalén: se acercan a Jesús para
expresar su dolor por la situación de él… y lo que ven a su alrededor.
Participan en el drama que se desarrolla en la ciudad y hacen su parte
dignamente. El Señor les responde con un cariñoso reproche: “No lloren por mí,
lloren más bien por ustedes y por sus hijos”. Otras son las lágrimas de Pedro,
que explota en llanto después de recibir una penetrante mirada del Señor. No
llora por Jesús ni por las injusticias que ve que se están cometiendo. No
siente indignación ninguna. Pedro llora por sí mismo, por su actitud, por
haberlo negado tres veces, por el quiebre culpable de su relación con Jesús.
Llora por sus culpas y no por las del prójimo ni por la situación que lo
conmueve. Podemos imaginar que, con la mirada, Jesús y Pedro se dijeron muchas
cosas que ni las palabras pueden expresar. Y las lágrimas de Pedro son la
repuesta. Jesús fue al Calvario por personas como Pedro. Junto con él, podemos
poner al que la tradición llama Dimas, el buen ladrón. También él lloró por sí
mismo, mientras su compañero, condenado como él, sostenía que todos estaban
equivocados menos él; y pedía y exigía una liberación milagrosa e inmediata.
Hoy comenzamos la Semana Santa. Podemos vivirla como espectadores
sensibilizados, hasta podemos participar de las diversas misas y funciones…
Pero dejemos que el Señor nos mire, y miremos nuestro interior. Si descubrimos
que tenemos razones para llorar… estaremos en el buen camino de encontrarnos
con él.
P.
Aderico Dolzani, ssp.
LECTURA
Is 43, 16-21
Así habla el Señor: el que abrió un camino
a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas; el que hizo salir
carros de guerra y caballos, todo un ejército de hombres aguerridos; ellos
quedaron tendidos, no se levantarán, se extinguieron, se consumieron como una
mecha. No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo
estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré
un camino en el desierto y ríos en la estepa. Me glorificarán las fieras
salvajes, los chacales y los avestruces; porque haré brotar agua en el desierto
y ríos en la estepa, para dar de beber a mi Pueblo, mi elegido, el pueblo que
yo me formé para que pregonara mi alabanza.
Palabra de Dios.
SALMO
Sal 125, 1-6
¡Grandes
cosas hizo el Señor por nosotros!
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía que
soñábamos:
nuestra boca se
llenó de risas
y nuestros labios,
de canciones.
Hasta los mismos paganos decían:
"¡El Señor
hizo por ellos grandes cosas!".
¡Grandes cosas hizo
el Señor por nosotros
y estamos
rebosantes de alegría!
¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes
del Négueb!
Los que siembran
entre lágrimas
cosecharán entre
canciones.
El sembrador va llorando
cuando esparce la
semilla,
pero vuelve
cantando
cuando trae las
gavillas.
SEGUNDA LECTURA
Flp 3, 8-14
Lectura de la carta
del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos.
Hermanos: Todo me parece una desventaja
comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él,
he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal
de ganar a Cristo y estar unido a él, no con mi propia justicia ?la que procede
de la Ley? sino con aquélla que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y
se funda en la fe. Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su
resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en
la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los
muertos. Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la
perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido
yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pretendo haberlo
alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo
hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del
llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús.
Palabra de Dios.
EVANGELIO
Jn 8, 1-11
Evangelio de nuestro
Señor Jesucristo según san Juan.
Jesús fue al monte de los Olivos. Al
amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y
comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que
había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a
Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio.
Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué
dices?". Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero
Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como
insistían, se enderezó y les dijo: "Aquél de ustedes que no tenga pecado,
que arroje la primera piedra". E inclinándose nuevamente, siguió
escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras
otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que
permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus
acusadores? ¿Nadie te ha condenado?". Ella le respondió: "Nadie,
Señor". "Yo tampoco te condeno ?le dijo Jesús?. Vete, no peques más
en adelante".
Palabra del Señor.
Primer Ángelus de Francisco: Dios no se cansa
nunca de perdonar. 17-03-13
El Papa Francisco rezó su primer Ángelus, ante una multitud que abarrotaba la Plaza de San Pedro que quería recibir y escuchar al Papa, les habló, tomando el evangelio del día (Jesús y la adúltera), de la misericordia divina. “El rostro de Dios –dijo a los presentes– es el de un padre que no se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”.
El Pontífice utilizó papeles pero también improvisó y habló al mundo del perdón y la misericordia.