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miércoles, 13 de abril de 2011

Domingo 5° de Cuaresma Ciclo A 10-04-11


 5° Domingo de Cuaresma

Libro de Ezequiel 37,12-14.

Por eso, profetiza diciéndoles: Así habla el Señor: Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel.
Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que yo soy el Señor.
Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que yo, el Señor, lo he dicho y lo haré -oráculo del Señor-.


Salmo 130(129),1-2.3-4.5-6.7-8.

Canto de peregrinación. Desde lo más profundo te invoco, Señor,
¡Señor, oye mi voz! Estén tus oídos atentos al clamor de mi plegaria.
Si tienes en cuenta las culpas, Señor, ¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón, para que seas temido.

Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor, más que el centinela la aurora. Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor, porque en él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia:
él redimirá a Israel de todos sus pecados.


Carta de San Pablo a los Romanos 8,8-11.

Por eso, los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios.
Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo.
Pero si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia.
Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.


Evangelio según San Juan 11,1-45. 

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta.
María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo.
Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, el que tú amas, está enfermo".
Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella".
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea".
Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿quieres volver allá?". Jesús les respondió: "¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo;
en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él".
Después agregó: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo".
Sus discípulos le dijeron: "Señor, si duerme, se curará".
Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.
Entonces les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto,
y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo".
Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él".
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.
Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros.
Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano.
Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.
Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas".
Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará".
Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día".
Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;
y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?".
Ella le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: "El Maestro está aquí y te llama".
Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro.
Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí.
María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".
Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado,
preguntó: "¿Dónde lo pusieron?". Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás".
Y Jesús lloró.
Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!".
Pero algunos decían: "Este que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podría impedir que Lázaro muriera?".
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima,
y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto".
Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?".
Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste.
Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado".
Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!".
El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".
Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en él. 

Reflexión.

Les dejo el mensaje que diera el Papa durante el Angelus de este domingo 10 de abril referido a la lectura del Evangelio. Tomado de la página Ecclesia Digital

El Ángelus del Papa para el domingo 10 de abril de 2011, texto íntegro en español

Queridos hermanos y hermanas:Faltan sólo dos semanas para la Pascua, y las Lecturas bíblicas de este domingo hablan todas de la resurrección. No todavía aquella de Jesús, que irrumpirá como una novedad absoluta, sino de nuestra resurrección, aquella a la que nosotros aspiramos y que propiamente Cristo nos ha donado, resurgiendo de entre los muertos.

En efecto, la muerte representa para nosotros como un muro que nos impide ver mas allá; sin embargo nuestro corazón se asoma mas allá de este muro, y aunque no podemos conocer lo que esconde, todavía lo pensamos, lo imaginamos, expresando con símbolos nuestro deseo de eternidad.

Al pueblo hebreo, en exilio, lejano de la tierra de Israel, el profeta Ezequiel anuncia que Dios abrirá los sepulcros de los deportados y los hará regresar a su tierra, para reposar en paz (cfr Ez 37,12-14). Esta aspiración ancestral del hombre de ser sepultado junto con sus padres, es el deseo de una “patria” que lo reciba al final de sus fatigas.

Esta concepción no contiene todavía la idea de una resurrección personal de la muerte, que aparece sólo hacia el fin del Antiguo Testamento, y todavía en el tiempo de Jesús no era bien recibida por todos los Judíos.

Del resto, también para los cristianos la fe en la resurrección y en la vida eterna se acompaña no raramente de tantas dudas, tanta confusión, por que se trata de una realidad que sobrepasa los limites de nuestra razón y requiere un acto de fe. En el Evangelio de hoy –la resurrección de Lázaro – nosotros escuchamos la voz de la fe de la boca de Marta, la hermana de Lázaro.

A Jesús que le dice: “Tu hermano resucitará”, ella responde: “sé que resurgirá en la resurrección del último día” (Jn. 11,23-24). Pero Jesús replica: “Yo soy la resurrección y la vida; quien cree en mi aunque muera vivirá” (Jn. 11,25-26). ¡He aquí la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera! Cristo abate el muro de la muerte, en Él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no ha tenido poder sobre Él; y la resurrección de Lázaro es signo de su pleno dominio sobre la muerte física, que delante de Dios es como un sueño (cfr Jn. 11,11).

Pero hay otra muerte, que ha costado a Cristo la lucha más dura, es más, el precio de la cruz: es la muerte espiritual, el pecado, que amenaza arruinar la existencia del hombre. Cristo ha muerto para vencer esta muerte, y su resurrección no es el regreso a la vida precedente, sino la apertura a una realidad nueva, a una “nueva tierra”, finalmente reconciliada con el Cielo de Dios.

Por esto san Pablo escribe: “Si el Espíritu de Dios, que ha resucitado a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que ha resucitado a Cristo dará vida también a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en ustedes” (Rm 8,11). Queridos hermanos, dirijámonos a la Virgen María, que ya participa de esta Resurrección, para que nos ayude a decir con fe: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (Jn. 11,27), a descubrir que Él es verdaderamente nuestra salvación”.

lunes, 4 de abril de 2011

Domingo 4° de Cuaresma Ciclo A 3-04-11


Primer Libro de Samuel 16,1.6-7.10-13.

El Señor dijo a Samuel: "¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado para que no reine más sobre Israel? ¡Llena tu frasco de aceite y parte! Yo te envío a Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos al que quiero como rey".
Cuando ellos se presentaron, Samuel vio a Eliab y pensó: "Seguro que el Señor tiene ante él a su ungido".
Pero el Señor dijo a Samuel: "No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón".
Así Jesé hizo pasar ante Samuel a siete de sus hijos, pero Samuel dijo a Jesé: "El Señor no ha elegido a ninguno de estos". Entonces Samuel preguntó a Jesé: "¿Están aquí todos los muchachos?". El respondió: "Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño". Samuel dijo a Jesé: "Manda a buscarlos, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue aquí".
Jesé lo hizo venir: era de tez clara, de hermosos ojos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: "Levántate y úngelo, porque es este". Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David. Samuel, por su parte, partió y se fue a Ramá.

Salmo 23(22),1-3.4.5.6.  

El señor es mi pastor, nada me puede faltar.
El me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza.

Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos; unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor, por muy largo tiempo.

Carta de San Pablo a los Efesios 5,8-14.

Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz.
Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad.
Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia.
Es verdad que resulta vergonzoso aun mencionar las cosas que esa gente hace ocultamente. Pero cuando se las pone de manifiesto, aparecen iluminadas por la luz, porque todo lo que se pone de manifiesto es luz. Por eso se dice: Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará.

Evangelio según San Juan 9,1-41.

Al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento.
Sus discípulos le preguntaron: "Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?".
"Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.
Debemos trabajar en las obras de aquel que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo".
Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego,
diciéndole: "Ve a lavarte a la piscina de Siloé", que significa "Enviado". El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.
Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: "¿No es este el que se sentaba a pedir limosna?". Unos opinaban: "Es el mismo". "No, respondían otros, es uno que se le parece". El decía: "Soy realmente yo". Ellos le dijeron: "¿Cómo se te han abierto los ojos?".
El respondió: "Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: 'Ve a lavarte a Siloé'. Yo fui, me lavé y vi". Ellos le preguntaron: "¿Dónde está?". El respondió: "No lo sé".
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos.
Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos.
Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. El les respondió: "Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo". Algunos fariseos decían: "Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado". Otros replicaban: "¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?". Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: "Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?". El hombre respondió: "Es un profeta".
Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: "¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?". Sus padres respondieron: "Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego,
pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta".
Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: "Tiene bastante edad, pregúntenle a él". Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: "Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador".
"Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo".
Ellos le preguntaron: "¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?". El les respondió: "Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?". Ellos lo injuriaron y le dijeron: "¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de donde es este".
El hombre les respondió: "Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada".
Ellos le respondieron: "Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?". Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: "¿Crees en el Hijo del hombre?".
El respondió: "¿Quién es, Señor, para que crea en él?". Jesús le dijo: "Tú lo has visto: es el que te está hablando". Entonces él exclamó: "Creo, Señor", y se postró ante él.
Después Jesús agregó: "He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven".
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: "¿Acaso también nosotros somos ciegos?".
Jesús les respondió: "Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: 'Vemos', su pecado permanece". 

Reflexión. (Tomada del periódico El Domingo)

¡Iluminados!
El mensaje de la liturgia.

Nuestra debilidad humana -siempre presente- nos hace "ciegos" ante las tentaciones e ilusiones de la vida. ¿A quién no le cuesta "ver" el camino del bien?
El Padre Dios conoce nuestra fragilidad. Para curar nuestra ceguera espiritual y alumbrar el camino de nuestra auténtica felicidad, envió a Jesús, luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn. 1,9)

¿Qué hay detrás de una enfermedad? Por Víctor M. Fernández

Estamos ante uno de los milagros más llamativos de Jesús porque se trata de la curación de un ciego de nacimiento, alguien que nunca pudo ver la luz y los colores, alguien que ni siquiera sabía lo que significaba "ver".
A los que preguntaban a qué pecado se debía esa ceguera, Jesús les responde que no hay que buscar siempre la causa de un mal en los pecados de la persona; detrás de una enfermedad, puede haber un misterioso plan de Dios que los hombres no alcanzamos a descubrir.
Desde el comienzo del capítulo, se indica que este prodigio tiene un valor simbólico, es un signo de que quiere demostrar a Jesús como luz del mundo.
Jesús da algo de sí (saliva)  y lo une al polvo de nuestra tierra para producir el milagro de la luz; el ciego también pone algo de su parte cuando va a lavarse. Pero la curación del ciego produce un gran revuelo, como todo lo que Jesús hacía. Él nunca deja las cosas igual, siempre quiere trastocar nuestra comodidad y todas nuestras viejas seguridades. 
Son particularmente bellas las escenas de intimidad que Jesús tiene con el ciego, y el ciego parece descubrir su dignidad y su lugar en la sociedad (daba lecciones a los fariseos) gracias a este encuentro con el Señor. 
Y cuando el ciego insiste en que Jesús le abrió los ojos, es fácil descubrir que no se refiere sólo a los ojos del cuerpo, sino a los ojos del corazón. Por eso, mientras el ciego se postra ante Jesús, los verdaderos ciegos son los fariseos, ofuscados por el orgullo y la envidia. Leyendo este texto, podemos escuchar interiormente la invitación que Jesús nos hace a reconocer nuestras oscuridades, nuestras cegueras, y a invocarlo a Él como luz que viene a disipar nuestras sombras: las sombras de la tristeza, del temor, del odio, de la mediocridad.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Un segundo aire a mitad de Cuaresma. Por Mauricio I. Pérez

Recomiendo este y todos los podcast que viene realizando Mauricio. En pocas palabras y de modo muy claro nos ayuda a reflexionar sobre lo que es importante vivir durante este período de Cuaresma. Recomiéndenlo a otros. Es necesario compartir nuestra fe y los medios para acrecentarla.



¿Cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?

Evangelio según San Mateo 18,21-35.

Entonces se adelantó Pedro y le dijo: "Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?".
Jesús le respondió: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: "Señor, dame un plazo y te pagaré todo".
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: 'Págame lo que me debes'.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: 'Dame un plazo y te pagaré la deuda'.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: '¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?'.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos".



Perdonar de corazón, siempre y en toda circunstancia.


Reflexión desde el libro El Evangelio Meditado (Padre Alfonso Milagro)


"...¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga?..."

Pareciera que Pedro estaba ya cansado de perdonar y por eso pregunta al Maestro, hasta cuándo debe seguir perdonando.
Es el cansancio de los buenos, que llamó Pío XII; pareciera como si hubiera un límite para el amor, para la virtud; como si los buenos, una vez llegado ese límite, se sintieran con derecho a las reacciones meramente humanas.
Pero la respuesta de Jesús es sufientemente clara y no deja lugar a dudas; con el hebraísmo" de "setenta veces siete" nos expresa, que nuestra disposición interna para el perdón no debe variar jamás, por muchas que sean las ofensas que recibamos.
El Padre Celestial enseña a cada uno a perdonar de corazón al hermanao. Es Él mismo quien nos da un corazón de hijo, capaz de comprender y perdonar al hermano.
No nos cansemos de perdonar, de ser buenos, de amar al prójimo, como no podemos cansarnos de amar a Dios.

 "¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?"

Nosotros hemos ofendido a Dios; la gravedad de nuestros pecados supera con mucho a lo que nosotros hayamos podido recibir de nuestro prójimo; no olvidemos que los pecados que nosotros hemos cometido contra Dios tienen una gravedad infinita, ya que la gravedad de una ofensa se mide no por la persona que la hace, sino por la dignidad de la persona que se ofende, en este caso Dios, infinito en santidad y dignidad.
Esa deuda nuestra con Dios, expresada en la parábola por una cifra exorbitante, es una deuda que nosotros no podemos cancelar y por eso debemos recurrir a la infinita misericordia del Señor, que no mira la magnitud de nuestras ofensas, sino al infinito amor que nos tiene como hijos.
En la parábola el rey perdonó generosamente la deuda de su siervo  y en cambio éste no quiso perdonar a su compañero la insignificante deuda que con él tenía.
Este siervo inmisericorde se condenó a sí mismo con su deplorable conducta. ¿No es, en efecto, justo que si nosotros pedimos perdón a Dios de nuestros pecados, perdonemos también nosotros las ofensas que nuestro prójimo nos pudiera haber inferido?

Vivencia:

Perdonar quiere decir olvidar, no guardar rencor, ni aun memoria de las ofensas recibidas.
En cristiano perdonar quiere decir algo más: no sólo es no desear el mal a los que nos ofenden o molestan, sino desearles positivamente el bien, pedir por ellos; no llegar a esto, sería no perdonar de corazón, no cumplir el mandato del Señor.
Cuando reces el Padrenuestro, no dejes de poner tu atención en aquella petición: "Perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden". No permitas que el Padrenuestro llegue a ser tu sentencia de condenación.

martes, 29 de marzo de 2011

Meditamos cantando: Cántaro de agua viva

Miras mi pequeñez,
llenas toda mi vida
tomas mis impulsos de muerte
y me das tu propia vida.
Cuidas mi corazón,
me amas en mi pobreza
y soy pequeño,
para que vos seas grande.

Cántaro de agua viva,
tu cuerpo me purifica.
Y me das la savia nueva
para crecer.
Calma en tiempos de lucha, 
nave a puerto seguro
ya mi vida tiene alguien
en quien creer.

Tu amor me mueve,
corre como sangre por mis venas,
tu luz es la luz
de mi alegre existencia.
La salvación me abraza,
en un madero te entregabas,
sediento estoy mi Dios,
de tu Palabra,
sediento estoy mi Dios,
de tu Palabra


Escucha "Cántaro de agua viva"




Dios te espera


Convertirse es arrepentirse de los pecados.
Es querer cambiar de vida.
para eso Dios me espera en el único tribunal
que me garantiza la absolución.
En la puerta de cualquier confesionario.
En la persona de cualquier sacerdote.
Dios no tiene rencor.
A partir de allí conseguiré la paz
y la tranquilidad perdida.

Para pensar:

¿Somos conscientes de que Dios nos espera siempre con los brazos abiertos, para comenzar una "nueva vida"?


Descúbrenos, Señor, tus caminos.
Porque el Señor es recto y bondadoso,
indica a los pecadores el sendero,
guía por la senda recta a los humildes
y descubre a los pobres sus caminos.
                 (Salmo 24)



Dijo la Virgen María en Medjugorje en el mensaje del 6-11-83:

"No vayan a confesarse por hábito para continuar igual que antes. No, eso no es bueno . La confesión debe darle un impulso a su fe . Debe estimularlos y acercarlos a Jesús. Si la confesión no significa realmente nada para ustedes  entonces tendrán gran dificultad en convertirse" 

Domingo 3° de Cuaresma Ciclo A 27-03-11

Libro del Exodo 17,3-7.

Pero el pueblo, torturado por la sed, protestó contra Moisés diciendo: "¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado?".
Moisés pidió auxilio al Señor, diciendo: "¿Cómo tengo que comportarme con este pueblo, si falta poco para que me maten a pedradas?".
El Señor respondió a Moisés: "Pasa delante del pueblo, acompañado de algunos ancianos de Israel, y lleva en tu mano el bastón con que golpeaste las aguas del Nilo. Ve,
porque yo estaré delante de ti, allá sobre la roca, en Horeb. Tú golpearás la roca, y de ella brotará agua para que beba el pueblo". Así lo hizo Moisés, a la vista de los ancianos de Israel.
Aquel lugar recibió el nombre de Masá - que significa "Provocación"- y de Meribá - que significa "Querella"- a causa de la acusación de los israelitas, y porque ellos provocaron al Señor, diciendo: "¿El Señor está realmente entre nosotros, o no?".

Salmo 95(94),1-2.6-7.8-9.
 
¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta él dándole gracias, aclamemos con música al Señor!
¡Entren, inclinémonos para adorarlo! ¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que él apacienta, las ovejas conducidas por su mano. Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
"No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron, aunque habían visto mis obras.

Carta de San Pablo a los Romanos 5,1-2.5-8.


Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores.
Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor.
Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.

Evangelio según San Juan 4,5-42.

Llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.
Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber".
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva".
"Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?
¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?".
Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna".
"Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla".
Jesús le respondió: "Ve, llama a tu marido y vuelve aquí".
La mujer respondió: "No tengo marido". Jesús continuó: "Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad".
La mujer le dijo: "Señor, veo que eres un profeta.
Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar".
Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.
Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.
Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad".
La mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo".
Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo".
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: "¿Qué quieres de ella?" o "¿Por qué hablas con ella?".
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:
"Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?".
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: "Come, Maestro".
Pero él les dijo: "Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen".
Los discípulos se preguntaban entre sí: "¿Alguien le habrá traído de comer?".
Jesús les respondió: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.
Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.
Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría.
Porque en esto se cumple el proverbio: 'no siembra y otro cosecha'
Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos".
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: "Me ha dicho todo lo que hice".
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días.
Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.
Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo".


Reflexión.

Las lecturas de este domingo nos hablan del encuentro de Jesús con la samaritana, quien lo encontró sentado al lado del pozo de Jacob descansando, ya que el tramo desde Jerusalén a Galilea era largo, le demandaban unas 14 horas de caminata, y pasó por la región de Samaría en horas del mediodía cuando el calor arreciaba.

El Papa dijo este domingo, antes de rezar el Angelus, que vemos en este pasaje del evangelio a Jesús en su dimensión humana, necesitaba apagar su sed y por eso se detuvo allí junto al pozo de agua. Actualmente Jesús tiene sed de nuestra fe y de nuestro amor, porque el corazón de Jesús fue hecho para amar, Él es el Amor mismo y todo amor requiere una respuesta.

Jesús mismo es el "Agua Viva" que sacia nuestros propios deseos de eternidad, esa búsqueda de felicidad que realizamos toda la vida. Muchos, equivocadamente, buscan en el mundo, en cosas que no colman, que no sacian, realizar sus propios anhelos, su propia felicidad pero no buscan hacer la voluntad de Dios, si no su propia voluntad y allí es cuando dejan a Dios fuera de su vida y de sus proyectos.

Este agua a que hace referencia Jesús es al mismo tiempo, figura del bautismo. El Espíritu Santo desciende sobre nosotros en ese momento, el agua limpia el pecado original y renacemos a una vida nueva como hijos de Dios y por la fe en su gracia.



A lo largo de nuestra vida es necesario que tengamos una relación personal y filial con nuestro Padre. Unidos a Él es como crecemos en nuestra vida espiritual. Somos llamados por medio del bautismo a vivir una vida de gracia. Debemos tener clara nuestra identidad como cristianos, fuimos llamados gratuitamente, elegidos por Dios para realizar una misión: el servicio a los hombres para la gloria de Dios y el anuncio de la Palabra, mediante la compasión, la misericordia, el amor a los demás en hechos concretos de cada día.

Si vemos en la lecturas de hoy, en la primera encontramos al pueblo judío recién salido de Egipto, caminando por el desierto y quejándose a Moisés por la falta de agua, aunque lo que en realidad más tenía el pueblo era falta de confianza y abandono en Dios, dudando de Moises, a pesar de haber visto las obras que él realizaba con el favor de Dios y fue así como el pueblo de Israel en ese momento a Dios cerró su corazón.

En cambio, la samaritana tenía sed de saciar su necesidad de ser amada. En su búsqueda del amor no encontró ninguno que realmente realizara ese anhelo en ella pero su corazón se abrió frente a lo que le revelaba Jesús y se convirtió en evangelizadora, llevando a su pueblo la noticia de que había encontrado al Mesías y gracias a su palabra, el pueblo creyó en Jesús y vió en Él al Salvador anunciado por los profetas.

Jesús también espera en este tiempo de Cuaresma que abramos el corazón y que lo escuchemos en el silencio. Para ello debemos buscar ese momento de quietud donde dejemos a un lado las preocupaciones, el ruido y la distracción y dediquemos unos minutos a hablar con el Señor.

De nuestro encuentro con Jesús, por medio de la oración personal o en la Asamblea celebrando la Eucaristía es de donde obtenemos la gracia para nuesra santificación y donde afirmamos nuestra  fe e identidad como cristianos. Pero esta fe no la guardamos para nosotros, sino que el mismo Jesús nos mandó cumplir con la misión de servir a los hombres para gloria de Dios y de anunciar su Palabra.
¿Cómo podemos hacer esto? A través de la compasión, la misericordia, el amor a los demás traducidos en hechos concretos cada día.

Vivamos para Cristo y según Cristo. Solamente Él calma nuestra sed y nuestra hambre de eternidad y de felicidad plena, pues las cosas de este mundo sabemos que no son duraderas. A través de los sacramentos, recibidos en estado de gracia, Cristo se nos da entero con Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad para nuestra conversión y perfeccionamiento. Tengamos un corazón humilde y generoso siempre dispuesto a buscarlo, recibirlo y escucharlo para discernir cuál es su voluntad sobre nuestra vida y nuestra sed se verá colmada por su amor misericordioso, así seremos verdaderos adoradores en espíritu y en verdad.

miércoles, 23 de marzo de 2011

¿Cómo vamos esta Cuaresma? Por Mauricio I. Pérez

Me parece útil y sobre todo muy esclarecedor compartir este podcast con ustedes ya que, aunque vamos por la segunda semana de Cuaresma, siempre podemos estar todavía en vías de comenzar a plantearnos el itinerario que nos ayude a entrar en nuestro desierto interior. En todo caso, si todavía no comenzamos a hacer nada de nada, hoy es un buen día para comenzar en serio a prepararnos para celebrar con un corazón nuevo, limpio y reconciliado la Pascua de Jesús con Jesús.

Sin más les dejo este podcast realizado por Mauricio I. Pérez y recomiendo también escuchar sus otros podcast. Hay gente que tiene realmente dones que brindan verdadera luz para todos. Recomiendo compartirlo con quien ustedes crean que le resultaría útil escuchar sus palabras.

¿Cómo vamos esta Cuaresma?

Este es mi Hijo

"Este es mi Hijo muy
querido, escúchenlo."
Una frase que encierra la
clave para una existencia.
un camino para
encontrar el sentido de
la vida.
Muchas veces las voces
del mundo suelen ser más
atractivas, más fuertes
o más seductoras.
Pero sólo una voz puede
satisfacer aquello que
el hombre necesita.
Sólo una voz
la de Jesús,
puede orientarnos
para llegar a la
verdadera felicidad.


Pensemos:

¿En qué momento  nos disponemos a escuchar a Jesús? ¿Tengo momentos de silencio interior, lectura, oración?


Señor, Padre Santo, que nos mandaste
escuchar a tu amado Hijo,
alimenta nuestra fe con Tu Palabra
y purifica los ojos de nuestro espíritu,
para que podamos alegrarnos de tu gloria. Amén

Domingo 2° de Cuaresma Ciclo A 20-03-11

Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo". 

 Segundo Domingo de Cuaresma.


Lecturas.

Libro de Génesis 12,1-4.

El Señor dijo a Abrám: "Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. 
Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición. 
Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré al que te maldiga, y por ti se bendecirán todos los pueblos de la tierra". 
Abrám partió, como el Señor se lo había ordenado, y Lot se fue con él. Cuando salió de Jarán, Abrám tenía setenta y cinco años. 

Salmo 33(32),4-5.18-19.20.22.

Porque la palabra del Señor es recta y él obra siempre con lealtad; 
él ama la justicia y el derecho, y la tierra está llena de su amor. 
Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan en su misericordia, 
para librar sus vidas de la muerte y sustentarlos en el tiempo de indigencia. 

Nuestra alma espera en el Señor; él es nuestra ayuda y nuestro escudo. 
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros, conforme a la esperanza que tenemos en ti.

Segunda Carta de San Pablo a Timoteo 1,8-10.

No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios. 
El nos salvó y nos eligió con su santo llamado, no por nuestras obras, sino por su propia iniciativa y por la gracia: esa gracia que nos concedió en Cristo Jesús, desde toda la eternidad, 
y que ahora se ha revelado en la Manifestación de nuestro Salvador Jesucristo. Porque él destruyó la muerte e hizo brillar la vida incorruptible, mediante la Buena Noticia. 

Evangelio según San Mateo 17,1-9.

Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. 
Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. 
De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. 
Pedro dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". 
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: "Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo". 
Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. 
Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: "Levántense, no tengan miedo". 
Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. 
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos". 

Reflexión:


En este camino de conversión, de crecimiento, de cambio que es la Cuaresma, con la lectura de cada domingo vemos como Cristo mismo se nos va revelando cada vez más.

En el primer Domingo de Cuaresma lo veíamos preparándose en el “desierto” para comenzar su vida pública y como experimentaba en sí mismo, luego de pasar 40 días ayunando, la debilidad humana al sentir hambre. Lo vemos tentado por el demonio, quien lo confrontaba con la Palabra de las mismas Sagradas Escrituras. Cristo lo vencía allí mismo en su propio juego y nos daba la clave del tema que se tocaba en el evangelio de ese domingo:“No sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”, y otras citas: "También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios" y “Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto".
Así Jesús nos dejaba en claro que frente a las tentaciones de poder, de riqueza, de fama y reconocimiento público, que se nos proponen en el mundo moderno (idolatría), debemos oponerle con sabiduría y como opción de vida cristiana una vida de servicio a los demás y de entrega, vivida a la luz de su Ley de Amor.

En la primera lectura de este domingo vemos como Abraham recibe una misión de Dios. Él es el Padre de los creyentes y quien da su sí a Dios haciendo su voluntad, poniéndose en camino hacia algo desconocido. Es modelo de fe, de aquel que confía en lo que Dios dispone, aún sin saber lo que le espera en ese viaje. Movido por la esperanza parte hacia el país de Canaan, creyendo en que Dios cumplirá lo prometido.

En la segunda lectura se nos plantea lo que cada cristiano debe hacer: confesar a Cristo y anunciar su Buena Nueva: la Salvación de todos los pueblos, a pesar de las dificultades y los desprecios que recibirá tan sólo por pertencer a Cristo, por seguirlo y anunciarlo. Es que el cristiano debe seguir el mismo camino que su Maestro, el sufrimiento, el dolor y la incomprensión de aquellos que a su vez no aceptan a Cristo y su Palabra de Vida. Somos llamados a ser santos. Pero  además sabe el cristiano que el mundo será un lugar de purificación, de oportunidad de practicar la fidelidad que conduce a la felicidad definitiva y duradera de la vida que nos ofrece Cristo, pero que primero deberá pasar por la cruz y por la muerte, para poder gozar finalmente de la Vida Eterna.

En este camino ascendente hacia la Pascua vemos en la lectura del Evangelio un nuevo aspecto de Jesús. Él se nos revela de forma progresiva a medida que vamos aumentando nuestra intimidad con Él en la escucha silenciosa, en la oración del corazón.
Así lo hace con sus amigos y lo hace en esta ocasión con tres de los Apóstoles: Pedro, Santiago y Juan, quienes serían luego los pilares sobre los que edificaría su Iglesia.

En este Domingo lo vemos en su “Transfiguración”, descubriéndonos quién es en realidad y revelando ahora su aspecto divino en el Monte Tabor, anticipando aquello que ocurriría luego de su muerte, la Resurrección y también mostrando que Él era quien debía venir, el Mesías a quien esperaban, en quién se cumplía aquello que se daba en llamar “La Ley y Los Profetas”, dando sentido y finalización a la misión de Moises (quien recibió de manos del mismo Dios las Tablas de la Ley ) que aparece hablando con Jesús y con Elías (quien representa a los Profetas, aquellos que hablaban en nombre de Dios, recordando al pueblo hebreo el vivir en la fidelidad y en el cumplimiento de la Ley. Ellos eran los depositarios de las promesas divinas y era el pueblo elegido para que surgiera de él el Salvador del mundo)

En su significado más actual la transfiguración se da en la medida en que luchamos para vencer en nosotros la tentación y el pecado, sobrellevar nuestras cruces y vivir con un corazón nuevo, “transfigurado”. Desde esa transfiguración personal trabajar para hacer posible desde una misma una sociedad más justa, honesta y solidaria, en el que los buenos valores no sean sólo algo que se nombran como una utopía a alcanzar sino algo que se vive desde el respeto por aquellos con los que interactuo diariamente en todos los ámbitos. La paz y el amor no son posibles solamente en el cielo si no que ya es posible y sobre todo necesario vivirlos en este mundo.