martes, 29 de marzo de 2011

Domingo 3° de Cuaresma Ciclo A 27-03-11

Libro del Exodo 17,3-7.

Pero el pueblo, torturado por la sed, protestó contra Moisés diciendo: "¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir de sed, junto con nuestros hijos y nuestro ganado?".
Moisés pidió auxilio al Señor, diciendo: "¿Cómo tengo que comportarme con este pueblo, si falta poco para que me maten a pedradas?".
El Señor respondió a Moisés: "Pasa delante del pueblo, acompañado de algunos ancianos de Israel, y lleva en tu mano el bastón con que golpeaste las aguas del Nilo. Ve,
porque yo estaré delante de ti, allá sobre la roca, en Horeb. Tú golpearás la roca, y de ella brotará agua para que beba el pueblo". Así lo hizo Moisés, a la vista de los ancianos de Israel.
Aquel lugar recibió el nombre de Masá - que significa "Provocación"- y de Meribá - que significa "Querella"- a causa de la acusación de los israelitas, y porque ellos provocaron al Señor, diciendo: "¿El Señor está realmente entre nosotros, o no?".

Salmo 95(94),1-2.6-7.8-9.
 
¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva!
¡Lleguemos hasta él dándole gracias, aclamemos con música al Señor!
¡Entren, inclinémonos para adorarlo! ¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!
Porque él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que él apacienta, las ovejas conducidas por su mano. Ojalá hoy escuchen la voz del Señor:
"No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto,
cuando sus padres me tentaron y provocaron, aunque habían visto mis obras.

Carta de San Pablo a los Romanos 5,1-2.5-8.


Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores.
Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor.
Pero la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.

Evangelio según San Juan 4,5-42.

Llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José.
Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber".
Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos.
La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos.
Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva".
"Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva?
¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?".
Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed,
pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna".
"Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla".
Jesús le respondió: "Ve, llama a tu marido y vuelve aquí".
La mujer respondió: "No tengo marido". Jesús continuó: "Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad".
La mujer le dijo: "Señor, veo que eres un profeta.
Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar".
Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre.
Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.
Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre.
Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad".
La mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo".
Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo".
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: "¿Qué quieres de ella?" o "¿Por qué hablas con ella?".
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente:
"Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?".
Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro.
Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: "Come, Maestro".
Pero él les dijo: "Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen".
Los discípulos se preguntaban entre sí: "¿Alguien le habrá traído de comer?".
Jesús les respondió: "Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra.
Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega.
Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría.
Porque en esto se cumple el proverbio: 'no siembra y otro cosecha'
Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos".
Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: "Me ha dicho todo lo que hice".
Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días.
Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra.
Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo".


Reflexión.

Las lecturas de este domingo nos hablan del encuentro de Jesús con la samaritana, quien lo encontró sentado al lado del pozo de Jacob descansando, ya que el tramo desde Jerusalén a Galilea era largo, le demandaban unas 14 horas de caminata, y pasó por la región de Samaría en horas del mediodía cuando el calor arreciaba.

El Papa dijo este domingo, antes de rezar el Angelus, que vemos en este pasaje del evangelio a Jesús en su dimensión humana, necesitaba apagar su sed y por eso se detuvo allí junto al pozo de agua. Actualmente Jesús tiene sed de nuestra fe y de nuestro amor, porque el corazón de Jesús fue hecho para amar, Él es el Amor mismo y todo amor requiere una respuesta.

Jesús mismo es el "Agua Viva" que sacia nuestros propios deseos de eternidad, esa búsqueda de felicidad que realizamos toda la vida. Muchos, equivocadamente, buscan en el mundo, en cosas que no colman, que no sacian, realizar sus propios anhelos, su propia felicidad pero no buscan hacer la voluntad de Dios, si no su propia voluntad y allí es cuando dejan a Dios fuera de su vida y de sus proyectos.

Este agua a que hace referencia Jesús es al mismo tiempo, figura del bautismo. El Espíritu Santo desciende sobre nosotros en ese momento, el agua limpia el pecado original y renacemos a una vida nueva como hijos de Dios y por la fe en su gracia.



A lo largo de nuestra vida es necesario que tengamos una relación personal y filial con nuestro Padre. Unidos a Él es como crecemos en nuestra vida espiritual. Somos llamados por medio del bautismo a vivir una vida de gracia. Debemos tener clara nuestra identidad como cristianos, fuimos llamados gratuitamente, elegidos por Dios para realizar una misión: el servicio a los hombres para la gloria de Dios y el anuncio de la Palabra, mediante la compasión, la misericordia, el amor a los demás en hechos concretos de cada día.

Si vemos en la lecturas de hoy, en la primera encontramos al pueblo judío recién salido de Egipto, caminando por el desierto y quejándose a Moisés por la falta de agua, aunque lo que en realidad más tenía el pueblo era falta de confianza y abandono en Dios, dudando de Moises, a pesar de haber visto las obras que él realizaba con el favor de Dios y fue así como el pueblo de Israel en ese momento a Dios cerró su corazón.

En cambio, la samaritana tenía sed de saciar su necesidad de ser amada. En su búsqueda del amor no encontró ninguno que realmente realizara ese anhelo en ella pero su corazón se abrió frente a lo que le revelaba Jesús y se convirtió en evangelizadora, llevando a su pueblo la noticia de que había encontrado al Mesías y gracias a su palabra, el pueblo creyó en Jesús y vió en Él al Salvador anunciado por los profetas.

Jesús también espera en este tiempo de Cuaresma que abramos el corazón y que lo escuchemos en el silencio. Para ello debemos buscar ese momento de quietud donde dejemos a un lado las preocupaciones, el ruido y la distracción y dediquemos unos minutos a hablar con el Señor.

De nuestro encuentro con Jesús, por medio de la oración personal o en la Asamblea celebrando la Eucaristía es de donde obtenemos la gracia para nuesra santificación y donde afirmamos nuestra  fe e identidad como cristianos. Pero esta fe no la guardamos para nosotros, sino que el mismo Jesús nos mandó cumplir con la misión de servir a los hombres para gloria de Dios y de anunciar su Palabra.
¿Cómo podemos hacer esto? A través de la compasión, la misericordia, el amor a los demás traducidos en hechos concretos cada día.

Vivamos para Cristo y según Cristo. Solamente Él calma nuestra sed y nuestra hambre de eternidad y de felicidad plena, pues las cosas de este mundo sabemos que no son duraderas. A través de los sacramentos, recibidos en estado de gracia, Cristo se nos da entero con Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad para nuestra conversión y perfeccionamiento. Tengamos un corazón humilde y generoso siempre dispuesto a buscarlo, recibirlo y escucharlo para discernir cuál es su voluntad sobre nuestra vida y nuestra sed se verá colmada por su amor misericordioso, así seremos verdaderos adoradores en espíritu y en verdad.

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