domingo, 10 de julio de 2011

Domingo 15° Tiempo Ordinario Ciclo A 10-07-11

Libro de Isaías 55,10-11.

       Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé.

Salmo 65(64),10abcd.10e-11.12-13.14.

Visitas la tierra, la haces fértil y la colmas de riquezas; 
los canales de Dios desbordan de agua, y así preparas sus trigales:
Visitas la tierra, la haces fértil y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua, y así preparas sus trigales:
Visitas la tierra, la haces fértil y la colmas de riquezas; 
los canales de Dios desbordan de agua, y así preparas sus trigales:
Visitas la tierra, la haces fértil y la colmas de riquezas; 
los canales de Dios desbordan de agua, y así preparas sus trigales:

Visitas la tierra, la haces fértil y la colmas de riquezas;
los canales de Dios desbordan de agua, y así preparas sus trigales:
riegas los surcos de la tierra, emparejas sus terrones;
la ablandas con aguaceros y bendices sus brotes.
Tú coronas el año con tus bienes, y a tu paso rebosa la abundancia;
rebosan los pastos del desierto y las colinas se ciñen de alegría.

Las praderas se cubren de rebaños y los valles se revisten de trigo: 
todos ellos aclaman y cantan.

Carta de San Pablo a los Romanos 8,18-23.

        Yo considero que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la gloria futura que se revelará en nosotros.
        En efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios.
        Ella quedó sujeta a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sometió, pero conservando una esperanza.
        Porque también la creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
        Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto.
        Y no sólo ella: también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente anhelando que se realice la redención de nuestro cuerpo.

Evangelio según San Mateo 13,1-23.

        Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.
        Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
        Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.
        Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.
        Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.
        Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!".
        Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?".
El les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.
        Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
        Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.
Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán,
        Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.
        Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen.
Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.
        Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador.
        Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.
        El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
        El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto.
        Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".

Reflexión del Papa luego del Ángelus hoy:

Queridos hermanos y hermanas!

        Les agradezco por haber venido para la cita del Ángelus aquí a Castelgandolfo, a donde he llegado hace pocos días. Con gusto tomo esta oportunidad para dirigir mi saludo cordial también a todos los habitantes de esta querida ciudad, con el deseo de una buena estación estival.

        En el Evangelio de este Domingo (Mt 13,1-23), Jesús se dirige a la multitud con la celebre parábola del sembrador. Es una pagina en alguna manera “autobiográfica”, porque refleja la experiencia misma de Jesús, de su predicación: El se identifica con el sembrador, que esparce la buena semilla de la Palabra de Dios, y percibe los diversos efectos que obtiene, según el tipo de acogida reservada al anuncio. Hay quien escucha superficialmente la Palabra pero no la acoge; hay quien la acoge en el momento pero no tiene constancia y pierde todo; hay quien es abrumado por las preocupaciones y seducciones del mundo; y hay quien escucha de manera receptiva como la tierra buena: aquí la Palabra da fruto en abundancia.

        Pero este Evangelio insiste además en el “método” de la predicación de Jesús, o sea, justamente, en el uso de las parábolas. ¿“Por qué a ellos hablas con parábolas?” – le preguntan los discípulos (Mt 13,10). Y Jesús responde colocando una distinción entre ellos y la multitud:a los discípulos, o sea a aquellos que ya se han decidido por El, les puede hablar del Reino de Dios abiertamente, en cambio a los demás debe anunciarlo en parábolas, para justamente estimular la decisión, la conversión del corazón; las parábolas, de hecho, por su naturaleza requieren un esfuerzo de interpretación, interpelan a la inteligencia pero también a la libertad. San Juan Crisóstomo explica: “Jesús ha pronunciado estas palabras con la intención de atraer a si a sus escuchas y solicitarlos asegurando que, si se dirigirán a El, El los sanará” (Comentario al Evangelio de Mat. 45,1-2). En el fondo, la verdadera “Parábola” de Dios es el mismo Jesús, su Persona que, en el signo de la humanidad, esconde y al mismo tiempo revela la divinidad. De esta manera Dios no nos obliga a creer en El, sino que nos atrae a Si con la verdad y la bondad de su Hijo encarnado: el amor, de hecho, respeta siempre la libertad.

        Queridos amigos, mañana celebraremos la fiesta de San Benito, Abad y Patrono de Europa. A la luz de este Evangelio, mirémoslo como maestro de la escucha de la Palabra de Dios, una escucha profunda y perseverante. Debemos siempre aprender del gran Patriarca del monaquismo occidental a dar a Dios el lugar que le corresponde, el primer lugar, ofreciéndole, con la oración de la mañana y de la tarde, las actividades cotidianas. Que sobre su modelo la Virgen María nos ayude a ser “tierra buena” donde la semilla de la Palabra pueda producir mucho fruto.

Fuente: Ecclesia Digital

domingo, 3 de julio de 2011

Devoción al Sagrado Corazón, unión de corazones


        El Culto al Sagrado Corazón de Jesús es una devoción muy antigua entre los cristianos y simboliza primordialmente la unión entre el corazón del hombre que se transfigura en el Corazón de Cristo.
        Jesús nos muestra la naturaleza y esencia de su Corazón en la cruz, al entregar, por amor, su vida. "No hay amor más grande que éste, dar la vida por sus amigos" (Jn. 15,13)
        Esto nos llama y nos invita a abrir nuestro corazón a los demás como Él nos enseña y, por amor a Jesús no podemos dejar de amar y servir a nuestros hermanos. Si queremos y decimos ser seguidores de Cristo, nos cabe tener los mismos sentimientos de Cristo: el despojo, el servicio, la entrega, la obediencia a la voluntad del Padre, el amor por los necesitados, la solidaridad con los oprimidos, la defensa de la justicia, la humildad, el ferviente impulso y defensa de los valores de la vida.
        La oración y el culto al Sagrado Corazón de Jesús logran hacer en nosotros una transformación tal, que hará en los demás reconocer en nuestros actos y en nuestra propia vida la cercanía de Cristo, y nos obligará con alegría a invitar a los demás a compartir ese sentimiento y a practicar esta devoción.
        Esta devoción tiene tres pilares que se destacan fundamentalmente:

Amor:  Si verdaderamente amamos a Jesús no podemos dejar en nuestra vida de amar a nuestros hermanos.
 
Consagración: Consagrarse es dedicarse en exclusividad a algo o a alguien. Aquí nos consagramos al Divino Corazón de Jesús. Es responder a su amor. Es un estado de permanente entrega a todo lo que Él hizo y hace por nosotros. Es responder al llamado que desde el Bautismo se completa en la Eucaristía, que es el sacramento del Amor.

Reparación: En esta devoción adquiere un significado particular la actitud de restaurar el mal causado por el pecado del mundo en sus múltiples manifestaciones hacia la figura de Cristo directamente o en los actos de injusticia, corrupción, violencia, desprecio por la vida, etc., que a diario soporta tristemente. Si el pecado es decirle NO al amor de Dios, la reparación está vinculada a esa actitud. De tal manera que teniendo constancia y sentido del pecado, busquemos con nuestros actos y nuestra oración reparar este mal y comenzar a caminar en sentido de la conversión.

       En el documento Gaudium et spes (N° 11) del Concilio Vaticano II leemos: "Los valores del hombre a causa de la corrupción del corazón humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debido orden, por eso necesitan purificación". Nos unimos entonces a Cristo agonizante, siendo solidarios con Él, que se solidariza con la humanidad toda.
        La devoción al Sagrado Corazón es devolver a Jesús todo lo que Él nos ha dado con su entrega sin condicionamientos y sin especulaciones. Es decirle a Jesús que somos sus amigos y jamás volverá a estar abandonado como en el calvario y que por Él seremos capaces de dar nuestra vida; y al igual que la canción popular podremos decir: "El amigo verdadero, ha de ser como la sangre: que siempre acude a la herida, sin esperar que la llamen.


Fuente: Meditaciones al Sagrado Corazón

Domingo 14° Tiempo Ordinario Ciclo A 3-07-11

Libro de Zacarías 9,9-10. 

        ¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna.
        El suprimirá los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será suprimido y proclamará la paz a las naciones. Su dominio se extenderá de un mar hasta el otro, y desde el Río hasta los confines de la tierra.

Salmo 145(144),1-2.8-9.10-11.13cd-14.

Himno de David. 

Te alabaré, Dios mío, a ti, 
el único Rey, y bendeciré tu Nombre eternamente
Día tras día te bendeciré, 
y alabaré tu Nombre sin cesar.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos 
y tiene compasión de todas sus criaturas.

Que todas tus obras te den gracias, 
Señor, y tus fieles te bendigan;
que anuncien la gloria de tu reino 
y proclamen tu poder.
tu reino es un reino eterno, 
y tu dominio permanece para siempre. 
El Señor es fiel en todas sus palabras 
y bondadoso en todas sus acciones.
tu reino es un reino eterno, 
y tu dominio permanece para siempre. 
El Señor es fiel en todas sus palabras 
y bondadoso en todas sus acciones.

El Señor sostiene a los que caen 
y endereza a los que están encorvados.

Carta de San Pablo a los Romanos 8,9.11-13.
 
         Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo.
       Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.
        Hermanos, nosotros no somos deudores de la carne, para vivir de una manera carnal.
        Si ustedes viven según la carne, morirán. Al contrario, si hacen morir las obras de la carne por medio del Espíritu, entonces vivirán.

Evangelio según San Mateo 11,25-30.  

         En esa oportunidad, Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
        Sí, Padre, porque así lo has querido.
        Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al   Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
        Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
        Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
        Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". 

Reflexión.


Fuente: La hojita del Domingo. Editorial San Pablo.


Jesús ofrece descanso y alivio

        Jesús invita con ternura y compasión, con respeto y con fuerza: “Vengan a mí”.Pero su invitación se dirige sobre todo a los cansados y agobiados, a los que ya no saben qué hacer con el tremendo peso de sus vidas, a los que no pueden encontarle el sabor a la existencia cotidiana porque tienen demasiadas preocupaciones, muchas dificultades que enfrentar.

        Y Jesús ofrece descanso ,ofrece alivio al agobiado. Pero para eso nos indica dos caminos: uno es el de tomar con él el peso, el de compartirlo con él, descubriendo su presencia de amor en medio de nuestros cansancios. Se trata de darle sentido a las preocupaciones y dolores de la vida uniéndonos místicamente a Jesús.

        El segundo camino es el de contemplarlo a él cargan do su propia cruz sin lamentos ni quejas, ofreciendo su propia vida hasta el fin. Si ni siquiera él, siendo el Hijo de Dios, se liberó de los límites y angustias de la vida humana.

        Contemplándolo a él que carga pacientemente su cruz sin odios ni rebeldías, podemos unirnos más íntimamente a él en el dolor, experimentando cómo, místicamente, nuestras propias llagas se unen a las suyas en la cruz. Es lo que experimentaba San Pablo al decir: “estoy crucificado con Cristo, ya no soy yo el que vive” (Gál 2, 19-20), o al decir: “llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús” (Gál 6, 17).

        De esta manera damos un sentido al peso que nos toca llevar cada día, pero ocupándonos de los problemas sin preocuparnos; es decir, haciendo lo que está en nuestras manos para resolverlos, pero no angustiándonos antes de tiempo tratando de preverlo todo. Por eso el evangelio nos exhorta a estar más en el hoy que en el mañana: “No se inquieten por el día de mañana; el mañana tendrá sus propias preocupaciones. A cada día le basta su propia aflicción” (Mt 6, 33). 

P. Víctor M. Fernández

sábado, 2 de julio de 2011

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. 1-07-11

Deuteronomio 7,6-11.
 
        Porque tú eres un pueblo consagrado al Señor, tu Dios: él te eligió para que fueras su pueblo y su propiedad exclusiva entre todos los pueblos de la tierra.
        El Señor se prendó de ustedes y los eligió, no porque sean el más numeroso de todos los pueblos. Al contrario, tú eres el más insignificante de todos.
       Pero por el amor que les tiene, y para cumplir el juramento que hizo a tus padres, el Señor los hizo salir de Egipto con mano poderosa, y los libró de la esclavitud y del poder del Faraón, rey de Egipto.
        Reconoce, entonces, que el Señor, tu Dios, es el verdadero Dios, el Dios fiel, que a lo largo de mil generaciones, mantiene su alianza y su fidelidad con aquellos que lo aman y observan sus mandamientos; pero que no tarda en dar su merecido a aquel que lo aborrece, a él mismo en persona, haciéndolo desaparecer.
         Por eso, observa los mandamientos, los preceptos y las leyes que hoy te ordeno poner en práctica.

Salmo 103(102),1-2.3-4.6-7.8.10.
 
De David. Bendice al Señor, alma mía, 
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;
bendice al Señor, alma mía, 
y nunca olvides sus beneficios.
El perdona todas tus culpas 
y cura todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro, 
te corona de amor y de ternura.

El Señor hace obras de justicia 
y otorga el derecho a los oprimidos;
él mostró sus caminos a Moisés 
y sus proezas al pueblo de Israel.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas.


Epístola I de San Juan 4,7-16. 
 
        Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él.
        Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.
Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.
       Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.
La señal de que permanecemos en él y él permanece en nosotros, es que nos ha comunicado su Espíritu.
       Y nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo.
          El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él.
         Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él.

Evangelio según San Mateo 11,25-30.
 
        En esa oportunidad, Jesús dijo: "Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
        Sí, Padre, porque así lo has querido.
       Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
        Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré.
     Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio.
        Porque mi yugo es suave y mi carga liviana".

Reflexión. Fuente: "Encuentro con la Palabra" y "Cristo Hoy"

          El mismo Jesús nos pide que vayamos a Él y seremos nosotros los que aceptemos o no esa invitación. El mundo está lleno de vacío, de caras serias, de vidas aceleradas, de múltiples preocupaciones. Mucha tecnología, mucha superficialidad y poca compasión. Muchos egoísmos y pocos héroes. En circunstancias así no es aconsejable perder la esperanza: eso es lo que los poderosos de este mundo quieren. Pero no aceptemos su juego. Mantengamos viva la fe, vivamos con esperanza activa y acudamos al Corazón de Jesús: allí encontraremos la paz, allí hay amor a raudales, allí somos lo que siempre fuimos: hijos del Padre, amados por Él, por Él comprendidos. Volvamos al Corazón de Jesús. Ahí está nuestro verdadero hogar.

Mirar al traspasado

        "El culto al Corazón de Jesús exhorta a los creyentes a abrirse al misterio de Dios y de su amor, dejándose transformar por Él [...], para reavivar en sí mismos la fe en el amor salvífico de Dios, acogiéndolo cada vez mejor en su propia vida.

         El costado traspasado del Redentor es el manantial al que nos invita a acudir la encíclica Haurietis aquas: debemos recurrir a este manantial para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo su amor. De este modo, podremos comprender mejor qué significa "conocer" en Jesucristo el amor de Dios, "experimentarlo" manteniendo fija la mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de su amor, para poderlo "testimoniar" a los demás. De hecho, retomando una expresión de mi venerado predecesor, Juan Pablo II, "junto al Corazón de Cristo, el corazón humano aprende a conocer el auténtico y único sentido de la vida y de su propio destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a permanecer alejado de ciertas perversiones del corazón, a unir el amor filial a Dios con el amor al prójimo. De este modo - y ésta es la verdadera reparación exigida por el Corazón del Salvador- sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia podrá edificarse la civilización del Corazón de Cristo" (Insegnamenti. vol.IX/2 1986, p.843).

Conocer el amor de Dios en Jesucristo.

        En la encíclica Deus caritas est he citado la afirmación de la primera carta de san Juan: "Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él" para subrayar que en el origen de la vida cristiana está el encuentro con una Persona (cf.n.1). Dado que Dios se ha manifestado de la manera más profunda a través de la Encarnación de su Hijo, haciéndose "visible" en Él, en la relación con Cristo podemos reconocer quién es verdaderamente Dios (cf.encíclica Haurietis aquas, 29-41; encíclica Deus caritas est, 12-15). Es más, dado que el amor de Dios ha encontrado su expresión más profunda en la entrega que Cristo hizo de su vida por nosotros en la Cruz, al contemplar su sufrimiento y muerte podemos reconocer de manera cada vez más clara el amor sin límites de Dios por nosotros: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Juan 3, 16).

          Por otro lado, este misterio del amor de Dios por nosotros no constituye sólo el contenido del culto y de la devoción al Corazón de Jesús: es, al mismo tiempo, el contenido de toda verdadera espiritualidad y devoción cristiana. Por tanto, es importante subrayar que el fundamento de esta devoción es tan antiguo como el mismo cristianismo. De hecho sólo se puede ser cristiano dirigiendo la mirada a la Cruz de nuestro Redentor, «a quien traspasaron» (Juan 19, 37; Cf. Zacarías 12, 10). La encíclica «Haurietis aquas» recuerda que la herida del costado y las de los clavos han sido para innumerables almas los signos de un amor que ha transformado cada vez más incisivamente su vida (Cf. número 52). Reconocer el amor de Dios en el Crucificado se ha convertido para ellas en una experiencia interior que les ha llevado a confesar, junto a Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» (Juan 20, 28), permitiéndoles alcanzar una fe más profunda en la acogida sin reservas del amor de Dios (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 49).

        Experimentar el amor de Dios dirigiendo la mirada al Corazón de Jesucristo El significado más profundo de este culto al amor de Dios sólo se manifiesta cuando se considera más atentamente su contribución no sólo al conocimiento sino también y sobre todo a la experiencia personal de ese amor en la entrega confiada a su servicio (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 62). Obviamente, experiencia y conocimiento no pueden separarse: la una hace referencia a la otra. Además, es necesario subrayar que un auténtico conocimiento del amor de Dios sólo es posible en el contexto de una actitud de oración humilde y de generosa disponibilidad. Partiendo de esta actitud interior, la mirada puesta en el costado traspasado de la lanza se transforma en silenciosa adoración. La mirada en el costado traspasado del Señor, del que salen «sangre y agua» (Cf. Gv 19, 34), nos ayuda a reconocer la multitud de dones de gracia que de ahí proceden (Cf. encíclica «Haurietis aquas», 34-41) y nos abre a todas las demás formas de devoción cristiana que están comprendidas en el culto al Corazón de Jesús.


                                                                                                                Benedicto XVI