jueves, 18 de abril de 2013

Jesús es nuestro abogado defensor y eleva la humanidad hacia Dios, recuerda Francisco

Traducción del texto completo de la catequesis del Santo Padre en italiano

          Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
en el Credo, encontramos la afirmación de que Jesús "subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre." La vida terrenal de Jesús culmina en el evento de la Ascensión, que es cuando Él pasa de este mundo al Padre, y se levanta a su derecha. ¿Cuál es el significado de este evento? ¿Cuáles son las consecuencias para nuestra vida? ¿Qué significa contemplar a Jesús sentado a la diestra del Padre? Sobre esto,dejémonos guiar por el evangelista Lucas.

          Partimos en el momento en que Jesús decide emprender su última peregrinación a Jerusalén. San Lucas anota: "Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén" (Lc 9,51). Mientras "asciende" a la Ciudad santa, donde se llevará a cabo su "éxodo" de esta vida, Jesús ve ya la meta, el Cielo, pero sabe que el camino que lo lleva de nuevo a la gloria del Padre pasa a través de la Cruz, a través de la obediencia al designio divino de amor por la humanidad. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que "la elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación de la ascensión al cielo" (n. 661). También nosotros tenemos que tener claro en nuestra vida cristiana, que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, incluso cuando requiere sacrificio, y requiere a veces cambiar nuestros planes. La Ascensión de Jesús ocurre concretamente en el Monte de los Olivos, cerca del lugar donde se había retirado en oración antes de lau pasión para permanecer en profunda unión con el Padre: una vez más, vemos que la oración nos da la gracia de vivir fieles al proyecto Dios.

Domingo 3° del Tiempo de Pascua Ciclo C 14-04-13

El amor perdona todo

Pedro se había “enamorado” del Mesías a primera vista. Por él había abandonado todo en un instante: familia, barca, trabajo. Esto no quiere decir que no le haya costado. En cierta ocasión, preguntó a Jesús qué podían esperar ellos que lo habían abandonado todo… Él había manifestado al Maestro, varias veces, una fidelidad incondicional. Había sido el primero en expresar sus sentimientos y jurar que por él estaba dispuesto a morir. Se entusiasmaba con el proyecto de Jesús, o mejor dicho, con el que él suponía que Jesús tenía. Pero tuvo mucho que aprender. Jesús iba más lejos de lo que él pensaba y esperaba, y le llenó la vida de sorpresas. Un momento muy amargo fue el de la Pasión con la traición al Maestro al negarlo tres veces. Después de los sucesos de Jerusalén, el grupo de los discípulos había vuelto a Galilea, al mar de Tiberíades. Y Pedro invita a ir a pescar…Pasa toda la noche sin sacar nada. Y al amanecer, cuando ya termina el buen momento de la pesca, un extraño los invita a tirar la red al otro lado, y no salen del asombro por el inesperado resultado. Jesús los espera en la playa con pescado y pan… Da gracias, y los invita a comer… Los gestos recuerdan la última cena y el encuentro de Emaús. El lugar les recuerda que precisamente a orillas de ese lago, Jesús había saciado el hambre de más de cinco mil personas con pan y pescado… exactamente como en ese instante. Cuántos recuerdos habrán vuelto a la memoria de los apóstoles… A la triple negación de Pedro, se contrapone una triple manifestación de amor. Pedro demuestra su amor incondicional. Jesús lo recibe, lo sana, lo hace una nueva criatura y le confía el rebaño. También le anuncia que va a morir como él. Pedro nunca olvidará su confesión de amor, como tampoco su negación y la profecía de Jesús. Ésta es la experiencia del creyente: muchas veces hemos herido el amor del Señor, tantas y más veces nos ha sanado. Somos testigos vivientes de un amor que es más fuerte que la muerte.
P. Aderico Dolzani, ssp.

PRIMERA LECTURA
Hech 5, 27-32. 40b-41

Lectura de los Hechos de los Apóstoles.

Cuando los Apóstoles fueron llevados al Sanedrín, el Sumo Sacerdote les dijo: "Nosotros les habíamos prohibido expresamente predicar en ese Nombre, y ustedes han llenado Jerusalén con su doctrina. ¡Así quieren hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre!". Pedro, junto con los Apóstoles, respondió: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir suspendiéndolo del patíbulo. A él, Dios lo exaltó con su poder, haciéndolo Jefe y Salvador, a fin de conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen". Después de hacerlos azotar, les prohibieron hablar en el nombre de Jesús y los soltaron. Los Apóstoles, por su parte, salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el Nombre de Jesús.

Palabra de Dios.

SALMO
Sal 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b

Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste. O bien: Aleluya.

Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste
y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí.
Tú, Señor, me levantaste del Abismo
y me hiciste revivir,
cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. 

Canten al Señor, sus fieles;
den gracias a su santo Nombre,
porque su enojo dura un instante,
y su bondad, toda la vida:
si por la noche se derraman lágrimas,
por la mañana renace la alegría. 

"Escucha, Señor, ten piedad de mí;
ven a ayudarme, Señor".
Tú convertiste mi lamento en júbilo.
¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente! 

SEGUNDA LECTURA
Apoc 5, 11-14

Lectura del libro del Apocalipsis.

Yo, Juan, oí la voz de una multitud de Ángeles que estaban alrededor del trono, de los Seres Vivientes y de los Ancianos. Su número se contaba por miles y millones, y exclamaban con voz potente: "El Cordero que ha sido inmolado es digno de recibir el poder y la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza". También oí que todas las criaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar, y todo lo que hay en ellos, decían: "Al que está sentado sobre el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos". Los cuatro Seres Vivientes decían: "¡Amén!", y los Ancianos se postraron en actitud de adoración.

Palabra de Dios.

Aleluya. Resucitó Cristo, que creó todas las cosas y tuvo misericordia de su pueblo. Aleluya.

EVANGELIO
Jn 21, 1-19

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

Jesús resucitado se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: "Voy a pescar". Ellos le respondieron: "Vamos también nosotros". Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: "Muchachos, ¿tienen algo para comer?". Ellos respondieron: "No". Él les dijo: "Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán". Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: "¡Es el Señor!". Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar". Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: "Vengan a comer". Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: "¿Quién eres?", porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos. Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?". Él le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos". Le volvió a decir por segunda vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?". Él le respondió: "Sí, Señor, sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas". Le preguntó por tercera vez: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?". Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: "Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras". De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: "Sígueme".

Palabra del Señor.


CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Basílica de San Pablo Extramuros
III Domingo de Pascua, 14 de abril de 2013

 Queridos Hermanos y Hermanas:


Me alegra celebrar la Eucaristía con ustedes en esta Basílica. Saludo al Arcipreste, el Cardenal James Harvey, y le agradezco las palabras que me ha dirigido; junto a él, saludo y doy las gracias a las diversas instituciones que forman parte de esta Basílica, y a todos vosotros. Estamos sobre la tumba de san Pablo, un humilde y gran Apóstol del Señor, que lo ha anunciado con la palabra, ha dado testimonio de él con el martirio y lo ha adorado con todo el corazón. Estos son precisamente los tres verbos sobre los que quisiera reflexionar a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado: anunciar, dar testimonio, adorar.
1. En la Primera Lectura llama la atención la fuerza de Pedro y los demás Apóstoles. Al mandato de permanecer en silencio, de no seguir enseñando en el nombre de Jesús, de no anunciar más su mensaje, ellos responden claramente: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Y no los detiene ni siquiera el ser azotados, ultrajados y encarcelados. Pedro y los Apóstoles anuncian con audacia, con parresia, aquello que han recibido, el Evangelio de Jesús. Y nosotros, ¿somos capaces de llevar la Palabra de Dios a nuestros ambientes de vida? ¿Sabemos hablar de Cristo, de lo que representa para nosotros, en familia, con los que forman parte de nuestra vida cotidiana? La fe nace de la escucha, y se refuerza con el anuncio.

Catequesis del Papa 10-04-13


PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles 10 de abril de 2013

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis pasada nos detuvimos en el acontecimiento de la Resurrección de Jesús, donde las mujeres tuvieron un papel especial. Hoy quisiera reflexionar sobre su alcance salvífico. ¿Qué significa la Resurrección para nuestra vida? Y, ¿por qué sin ella es vana nuestra fe? Nuestra fe se funda en la muerte y resurrección de Cristo, igual que una casa se asienta sobre los cimientos: si ceden, se derrumba toda la casa. En la cruz, Jesús se ofreció a sí mismo cargando sobre sí nuestros pecados y bajando al abismo de la muerte, y en la Resurrección los vence, los elimina y nos abre el camino para renacer a una vida nueva. San Pedro lo expresa sintéticamente al inicio de su Primera Carta, como hemos escuchado: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible» (1, 3-4).

Domingo de la Divina Misericordia Ciclo C 7-04-13


Jesús dijo que somos bienaventurados
Como el apóstol Tomás, todos queremos pruebas de lo que nos dicen. Nadie quiere pasar por ingenuo con tantos cuentos sobre la religión que dan vueltas. La cultura de hoy exige el “está científicamente comprobado”, como un sello de garantía. En las escuelas, en las universidades, se enseña que todo debe ser demostrable, comprobado. Por eso es que queremos ver para creer. Paradójicamente, la credulidad se manifiesta por la fe que damos a los medios de comunicación, en especial a la televisión, que nos muestra lo que aparenta ser verdad en los líderes ideológicos, la publicidad, los vendedores de espiritualidad… A veces, se pretenden milagros para creer. Pero no se advierte que estos no proveen la fe ni la hacen, sino que la fe hace los milagros, cuando Dios quiere dar su gracia. Tomás tuvo la gracia de “ver” y “creer”. Pero también recibió un reproche amoroso por incrédulo, y más aún por haberse alejado de la comunidad y dudar del testimonio que recibía de sus hermanos. No tengamos miedo de presentar al Señor nuestras faltas de fe, nuestra incredulidad. El Señor no nos rechazará por eso, sino que se acercará más todavía. El Señor nos quiere apóstoles, colaboradores. Lo seremos sólo si lo reconocemos libremente, como Tomás, Pablo, Teresa de Calcuta y muchos otros. Las pruebas y las demostraciones teológicas no dan la fe, que es un don de Dios que llega a través de la aceptación del evangelio y del testimonio de la comunidad creyente. Si no vivimos en la unidad de la comunidad y no compartimos alegremente, es muy difícil recibir la paz y la alegría que da el resucitado, esa bienaventuranza que el Señor pronunció para todos los que creen.
P. Aderico Dolzani, ssp.
"La Fiesta de la Divina Misericordia se celebra el primer Domingo después del Domingo de Pascua. Sor María Faustina, apóstol de la Divina Misericordia, forma parte del círculo de santos de la Iglesia más conocidos. A través de ella, el Señor Jesús transmite al mundo el gran mensaje de la Divina Misericordia y presenta el modelo de la perfección cristiana basada sobre la confianza en Dios y la actitud de caridad hacia el prójimo" (http://es.catholic.net/celebraciones/120/3051/articulo.php?id=16783).

PRIMERA LECTURA
Hech 5, 12-16

Lectura de los Hechos de los Apóstoles.

Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo. Todos solían congregarse unidos en un mismo espíritu, bajo el pórtico de Salomón, pero ningún otro se atrevía a unirse al grupo de los Apóstoles, aunque el pueblo hablaba muy bien de ellos. Aumentaba cada vez más el número de los que creían en el Señor, tanto hombres como mujeres. Y hasta sacaban a los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos. La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos o poseídos por espíritus impuros, y todos quedaban sanados.

Palabra de Dios.

SALMO
Sal 117, 2-4. 13-15. 22-27a

¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! O bien: Aleluya.

Que lo diga el pueblo de Israel: ¡es eterno su amor!
Que lo diga la familia de Aarón: ¡es eterno su amor!
Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor! 

La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular.
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Éste es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él. 

Sálvanos, Señor, asegúranos la prosperidad.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Nosotros los bendecimos desde la Casa del Señor:
el Señor es Dios, y él nos ilumina.

SEGUNDA LECTURA
Apoc 1, 9-11a. 12-13. 17-19

Lectura del libro del Apocalipsis.

Yo, Juan, hermano de ustedes, con quienes comparto las tribulaciones, el Reino y la espera perseverante en Jesús, estaba en la isla de Patmos, a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. El Día del Señor fui arrebatado por el Espíritu y oí detrás de mí una voz fuerte como una trompeta, que decía: "Escribe en un libro lo que ahora vas a ver, y mándalo a las siete iglesias que están en Asia". Me di vuelta para ver de quién era esa voz que me hablaba, y vi siete candelabros de oro, y en medio de ellos, a alguien semejante a un Hijo de hombre, revestido de una larga túnica que estaba ceñida a su pecho con una faja de oro. Al ver esto, caí a sus pies, como muerto, pero él, tocándome con su mano derecha, me dijo: "No temas: Yo soy el Primero y el Último, el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo la llave de la Muerte y del Abismo. Escribe lo que has visto, lo que sucede ahora y lo que sucederá en el futuro".

Palabra de Dios.

EVANGELIO
Jn 20, 19-31

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan". Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". Él les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré". Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe". Tomás respondió: "¡Señor mío y Dios mío!". Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!". Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Éstos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.

Palabra del Señor.


HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica de San Juan de Letrán
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, 7 de abril de 2013


Con gran alegría celebro por primera vez la Eucaristía en esta Basílica Lateranense, catedral del Obispo de Roma. Saludo con sumo afecto al querido Cardenal Vicario, a los Obispos auxiliares, al Presbiterio diocesano, a los Diáconos, a las Religiosas y Religiosos y a todos los fieles laicos. Saludo asimismo al señor Alcalde, a su esposa y a todas las Autoridades. Caminemos juntos a la luz del Señor Resucitado.
1. Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado «de la Divina Misericordia». Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía.
2. En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.