La palabra es para convertirnos, no
para informarnos
Algunas personas le contaron a Jesús un
hecho de la crónica cruel de su época: Pilato asesinó a unos fieles y
mezcló su sangre con la de las víctimas de los sacrificios. Y ante la
pregunta, Jesús responde: “No sufrieron esto por malos, como tampoco los que
murieron aplastados por la torre de Siloé”. Como nos ocurre a nosotros a
veces, ellos buscan en la Palabra una información. Jesús les contesta que
esos galileos, si no daban frutos, no eran más culpables que ellos. Jesús
habló entonces de los presentes: “Si ustedes no cambian, terminarán de la
misma manera”. Y continuó con la parábola de la higuera estéril, para
enseñarnos que es necesario dar frutos. Lo que puede servirnos para echar una
mirada a nuestros fracasos. Nadie está exento de experiencias frustrantes en
la vida. Proyectos de trabajo en los que invertimos tiempo e ilusiones, y que
se desmoronaron. Relaciones afectivas del plano familiar o de amistad se
desvanecieron en silencio y decepciones. Proyectos de estudio interrumpidos por
otras necesidades, o la imposibilidad de completarlos. Y si miramos en nuestro
corazón de cristianos, de creyentes, también podemos experimentar la falta de
frutos espirituales. Cada vez que nos acercamos al confesionario o pedimos
perdón, estamos aceptando una experiencia de esterilidad. En esos momentos,
hay quienes piensan que todo está perdido. La depresión serpentea en nuestra
sociedad más de lo que aparenta. Otras veces, nos proponemos cambiar la
próxima vez, algún día, más adelante, en el futuro... Y la vida continúa
estéril. Jesús nos enseña que siempre hay otra oportunidad para el que se
anima a cambiar. La este- rilidad, la frustración, el pecado, los errores y la
depresión nunca son razones para conformarnos con lo que somos. El Señor es
quien trabaja su higuera, la riega, la cuida, la abona... y ésta vive, crece,
da fruto y se reproduce sin darse cuenta de lo que recibe. Jesús quiere que
nos convirtamos ahora.
P.
Aderico Dolzani, ssp.
PRIMERA LECTURA
Éx 3, 1-8a. 10. 13-15
Lectura
del libro del Éxodo.
Moisés, que apacentaba las ovejas de su
suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del
desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. Allí se le apareció el Ángel
del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. Al ver que
la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: "Voy a observar este
grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?". Cuando
el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza,
diciendo: "¡Moisés, Moisés!". "Aquí estoy", respondió él.
Entonces Dios le dijo: "No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias,
porque el suelo que estás pisando es una tierra santa". Luego siguió
diciendo: "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de
Isaac y el Dios de Jacob". Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de
ver a Dios. El Señor dijo: "Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está
en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí,
conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de
los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y
espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. Ahora ve, yo te envío al Faraón
para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas". Moisés dijo a
Dios: "Si me presento ante los israelitas y les digo que el Dios de sus
padres me envió a ellos, me preguntarán cuál es su nombre. Y entonces, ¿qué les
responderé?". Dios dijo a Moisés: "Yo soy el que soy". Luego
añadió: "Tú hablarás así a los israelitas: 'Yo soy' me envió a
ustedes". Y continuó diciendo a Moisés: "Tu hablarás así a los israelitas:
El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios
de Jacob, es el que me envía. Este es mi nombre para siempre, y así será
invocado en todos los tiempos futuros".
Palabra
de Dios.
SALMO
Sal 102, 1-4. 6-8. 11
El
Señor es bondadoso y compasivo.
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo
Nombre;
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas
y sana todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura.
El Señor hace obras de justicia
y otorga el derecho a los oprimidos;
él mostró sus caminos a Moisés
y sus proezas al pueblo de Israel.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran
misericordia;
cuanto se alza el cielo sobre la
tierra,
así de inmenso es su amor por los
que lo temen.
SEGUNDA LECTURA
1Cor 10, 1-6. 10-12
Lectura
de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto.
Hermanos: No deben ignorar que todos
nuestros padres fueron guiados por la nube y todos atravesaron el mar; y para
todos, la marcha bajo la nube y el paso del mar, fue un bautismo que los unió a
Moisés. También todos comieron la misma comida y bebieron la misma bebida
espiritual. En efecto, bebían el agua de una roca espiritual que los
acompañaba, y esa roca era Cristo. A pesar de esto, muy pocos de ellos fueron
agradables a Dios, porque sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Todo
esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro, a fin de que no nos dejemos
arrastrar por los malos deseos, como lo hicieron nuestros padres. No nos
rebelemos contra Dios, como algunos de ellos, por lo cual murieron víctimas del
Ángel exterminador. Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para
que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que
se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!
Palabra
de Dios.
EVANGELIO
Lc 13, 1-9
Evangelio
de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.
En cierta ocasión se presentaron unas
personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre
Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió:
"¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más
pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten,
todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que
murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás
habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten,
todos acabarán de la misma manera". Les dijo también esta parábola:
"Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no
los encontró. Dijo entonces al viñador: 'Hace tres años que vengo a buscar
frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la
tierra?'. Pero él respondió: 'Señor, déjala todavía este año; yo removeré la
tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante.
Si no, la cortarás'".
Palabra
del Señor.
Dado que nos encontramos en un período de transición en la Iglesia, en espera de la elección del nuevo Papa, durante el período en que la Santa Sede continue en situación de Sede Vacante, continuaré transcribiendo aquí las homilías que su Santidad Benedicto XVI ofreciera para el tiempo de Cuaresma, Ciclo C pero del año 2010.
Como ustedes saben, los ciclos litúrgicos son tres: A, B y C y cada tres años en la misa del Domingo vuelven a leerse las lecturas que corresponden a cada ciclo, en este caso las que corresponden al tiempo de Cuaresma.
Es un modo, además, de seguir caminando durante este tiempo itinerante hacia a la Pascua, acompañados por las palabras del Santo Padre, aunque ya no sea esta su función. Sus palabras siempre nos acompañarán, dado que estas se encuentran en el archivo de la página web de la Santa Sede y a disposición de quien quiera leerlas y meditarlas.
Recemos cada día, para que el Espíritu Santo descienda abundantemente durante el tiempo en que se celebre el Cónclave de Cardenales que tendrán la responsabilidad de elegir al nuevo Papa, para que este sea luz para la Iglesia y un hombre que irradie santidad, con un corazón configurado al mismo Corazón de Cristo, verdadera cabeza de la Iglesia y Aquel en quien depositamos toda nuestra confianza y esperanza mientras peregrinamos a la casa del Padre.
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Domingo 7 de marzo
de 2010
Queridos hermanos y hermanas:
"Convertíos, dice el Señor,
porque está cerca el reino de los cielos" hemos proclamado antes del
Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma, que nos presenta el tema fundamental de este "tiempo
fuerte" del año litúrgico: la invitación a la conversión de nuestra vida y
a realizar obras de penitencia dignas. Jesús, como hemos escuchado, evoca dos
episodios de sucesos: una represión brutal de la policía romana dentro del
templo (cf. Lc 13, 1) y la tragedia de dieciocho
muertos al derrumbarse la torre de Siloé (v. 4). La gente interpreta estos
hechos como un castigo divino por los pecados de sus víctimas, y, considerándose
justa, cree estar a salvo de esa clase de incidentes, pensando que no tiene
nada que convertir en su vida. Pero Jesús denuncia esta actitud como una
ilusión: "¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los
demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os
convertís, todos pereceréis del mismo modo" (vv. 2-3). E invita a
reflexionar sobre esos acontecimientos, para un compromiso mayor en el camino
de conversión, porque es precisamente el hecho de cerrarse al Señor, de no
recorrer el camino de la conversión de uno mismo, que lleva a la muerte, la del
alma. En Cuaresma, Dios nos invita a cada uno de nosotros a dar un cambio de
rumbo a nuestra existencia, pensando y viviendo según el Evangelio, corrigiendo
algunas cosas en nuestro modo de rezar, de actuar, de trabajar y en las
relaciones con los demás. Jesús nos llama a ello no con una severidad sin
motivo, sino precisamente porque está preocupado por nuestro bien, por nuestra
felicidad, por nuestra salvación. Por nuestra parte, debemos responder con un
esfuerzo interior sincero, pidiéndole que nos haga entender en qué puntos en
particular debemos convertirnos.