lunes, 5 de noviembre de 2012

Mensaje de la Reina de la Paz 2-11-12


      "Queridos hijos, como Madre les imploro: perseveren como mis apóstoles. Ruego a mi Hijo para que les dé sabiduría y la fuerza divina. Ruego para que puedan discernir todo lo que los rodea según la verdad de Dios y se opongan fuertemente a todo lo que desea alejarlos de mi Hijo. Ruego para que puedan testimoniar el amor del Padre Celestial según mi Hijo. Hijos míos, grandes gracias les han sido dadas para ser testimonios del amor de Dios. No tomen a la ligera la responsabilidad que les es dada. No aflijan a mi Corazón maternal. Como Madre deseo fiarme de mis hijos, de mis apóstoles. Por medio del ayuno y la oración ustedes me abren el camino a que yo ruegue a mi Hijo, para que Él esté junto a ustedes y para que a través de ustedes su Nombre sea santificado. Oren por los pastores, porque nada de todo esto sería posible sin ellos. Gracias."

Queridos hijos, como Madre les imploro: perseveren como mis apóstoles
 
          
En este mensaje hay un llamado concreto con un nombre también concreto: ser apóstoles y perseverar como tales.
         Sentir que formamos parte de aquellos hijos que escuchan a la Madre no necesariamente equivale a afirmar que se la sigue y se cumple con lo que Ella nos pide. El seguimiento va más allá del sentimiento de amor que digamos profesarle. El seguimiento es la acción concreta en el amor. Seguirla significa ir a los demás y no encerrarse en un reducto, es convertirse en enviado de Ella, ya que apóstol significa eso: enviado. Ser apóstol no es una cuestión de exhibir un título sino de ejercerlo. Y el apostolado, lo dice, es el de dar testimonio del amor de Dios revelado en su Hijo, Jesucristo.
Ruego a mi Hijo para que les dé sabiduría y la fuerza divina


          
Nuestra Madre no deja de orar por nosotros para que seamos sus auténticos enviados, para que perseveremos en la misión que se nos encomienda y para que el Señor nos dé sabiduría y fortaleza, que son dones del Espíritu Santo. Sabiduría para tener la luz del discernimiento en la gran confusión actual y en la aún mayor confusión que se cierne sobre el mundo: la gran apostasía, la impostura de la mentira que niega a Dios, niega su salvación –incluso bajo la diabólica trampa que siendo Dios bueno no puede condenar a nadie y que todos finalmente se salvan-, y niega a Jesucristo como único Salvador de los hombres.
          La persecución, por parte del poder en sus distintas manifestaciones, que ha comenzado y que cada vez será mayor, más evidente y feroz, requerirá tesón y heroísmo para poder dar testimonio, y por ello, debemos ser revestidos de fortaleza. Fortaleza para el combate espiritual y para, en medio de ese combate, dar testimonio de la fe verdadera en el amor de Dios. Ese mismo amor que envía a la Virgen Santísima para guiarnos y revelarnos el tiempo que estamos viviendo. Por eso mismo, una de las estrategias del Enemigo –para sembrar más confusión, que es lo suyo propio, y para desviar del verdadero camino a los fieles y a toda persona que intenta acercarse a Dios- es la de disfrazarse del Señor o de la Virgen con falsos videntes, con mensajes que remedan a los de Medjugorje y a través de estos inocular el veneno. Para ello se vale de muchas debilidades nuestras y una, no menor, la de la curiosidad.
          La curiosidad, a veces asociada a la morbosidad de conocer calamidades que se dice van a acontecer, lleva a muchos a hurgar en la red para saber qué dice en tal o en cual parte la supuesta Virgen, qué apariciones nuevas hay, y por añadidura a volverse, por falta de discernimiento, en propagadores de esas mentiras que de inocentes no tienen nada. Pues, la exhortación es a abandonar todas esas cosas y a dedicarse a vivir los mensajes. A rezar y ayunar. Poniendo siempre el corazón en el ayuno y en la oración, para que sean verdaderamente del corazón. A confesarse asiduamente, no por rutina sino para purificar el corazón, convencidos del mal que anida en nosotros, acusando los propios pecados (¡no lo de los demás!) con ánimo contrito y por ese medio de la reconciliación acercarse cada vez más a Dios. A vivir la Eucaristía que se celebra y a adorarla, que es adorar a Dios mismo. A leer y orar la Palabra de Dios, sobre todo los Evangelios. Y siempre a vivir en la caridad, en el amor, amando y perdonando. 


Ruego para que puedan discernir todo lo que los rodea según la verdad de Dios y se opongan fuertemente a todo lo que desea alejarlos de mi Hijo. Ruego para que puedan testimoniar el amor del Padre Celestial según mi Hijo


          
Discernir lo bueno de lo malo; y no sólo eso sino también discernir lo mejor, lo perfecto, lo que más agrada a Dios de lo que en sí es bueno, todo eso supone actuar luego acorde a lo discernido, a lo que hemos pasado por el tamiz de la verdad y el amor, y, por tanto, a escoger y vivir lo verdadero, lo puro, lo auténticamente bello para caminar en la santidad.
          Santidad es unión con Cristo, santidad es avanzar en el amor y oponerse con todas las fuerzas al engaño, a la mentira, a la seducción del mal en todas sus formas.
          Oponerse fuertemente a todo lo que desea alejarnos de Cristo, como lo pide nuestra Santísima Madre, significa tolerancia cero para con el mal, por más que venga disfrazado de bien para uno mismo o para los demás.
          Nuestra oposición al mal es combatida por la falsa tolerancia que nos acusa a nosotros de intolerantes. La falsa tolerancia es tolerancia al mal, a la ofensa a Dios e intolerancia a todo lo bueno y santo. La falsa tolerancia se reviste del ropaje del falso lenguaje, aquel que llama a las cosas por lo que no son, y lo hace para confundir a las almas desprevenidas y débiles en la fe y en la moral. Por eso, se debe pedir constantemente a Dios la luz del discernimiento.
          No puede haber tolerancia alguna con el pecado, con lo que aleja de Dios. La única tolerancia debida es la de la caridad hacia el pecador. La revelación de Dios no es materia opinable. El orden moral no es relativo; la ley de Dios es explícita, clara, inequívoca. El mal o el bien no son productos de culturas, no están en función del momento histórico en que se vive, no pueden ser intercambiables de acuerdo a las épocas. La Verdad es para todo tiempo y lugar. No es cuestión de ver cuándo se puede matar o cuándo no, cuando es lícito el adulterio y cuándo no. No matarás es para siempre y en toda circunstancia. Una unión ilegítima aunque para los hombres sea lícita porque la ley que han hecho lo admita, sigue siendo ilegítima. El pecado contra natura es pecado contra natura y no hay más.
          No se puede dialogar con la mentira, no se puede aceptar que para unos lo que está mal para otros está bien y que no creerlo así es ser intolerante. El mal penetra en la vida de las personas a fuerza de costumbre, de ver lo anormal como si fuera “normal”. No hay que permitir que nos invada y nos volvamos complacientes con él.
          El mal seduce y no debemos dejar que nos seduzca. Y toda vez que se caiga –de hecho, de pensamiento, de palabra o por omisión de obrar el bien que podríamos haber brindado- hay que acudir rápidamente al Salvador para que Él nos vuelva a levantar, nos transmita la gracia y haga que recuperemos la perdida dignidad de hijos de Dios. Dicho lo mismo con otras palabras: hay que confesarse ante un sacerdote confesor.

          Dar testimonio de Dios no es posible hacerlo por la sola voluntad. Nuestra voluntad es débil y por sí misma no puede lograr el bien al que estamos llamados. Sólo la gracia de Dios permitirá repeler las tentaciones que constantemente padecemos, sólo la gracia nos fortalecerá para el rudo combate, sólo la gracia nos enviará al mundo a dar testimonio de Dios que ama y que salva. 

Por medio del ayuno y la oración ustedes me abren el camino a que yo ruegue a mi Hijo, para que Él esté junto a ustedes y para que a través de ustedes su Nombre sea santificado 


          
La oración y el ayuno no sólo son nuestras armas para el combate contra satanás, sino también la vía, que abrimos con nuestra participación, para que nuestro Señor atienda los ruegos de su Madre y venga a nuestro lado.
          Vale decir, tenemos que hacer nuestra parte. No puedo quedarme con que, por ejemplo, soy sacerdote, o soy consagrado a la Virgen, o que porque difundo o comento los mensajes considerarme su apóstol si en los hechos no vivo lo que me está pidiendo, si no oro ni hago y ofrezco mis sacrificios para que Dios me convierta en portador de su amor. 

Hijos míos, grandes gracias les han sido dadas para ser testimonios del amor de Dios. No tomen a la ligera la responsabilidad que les es dada. No aflijan a mi Corazón maternal. Como Madre deseo fiarme de mis hijos, de mis apóstoles 


          
El momento es muy serio, la misión muy importante como para tomarla a la ligera. Los dones que nos dan no son para esconderlos. No caigamos en una falsa humildad, que en esto nada tiene que ver cuánto conocidos eres o qué posición tienes en la vida, porque sólo Dios y la Virgen saben la importancia de cada uno en este drama de la salvación. No puedo ni debo decirme, por ejemplo, no soy nada, no cuento para nada, quién me va a escuchar, porque eso lleva al desaliento y al quietismo. Por supuesto, que soy nada y que todo lo debo al amor de Dios y a su gracia, pero esta nada que soy es amada por Dios, por la Virgen, y esta nada está ahora llamada a la misión de ser enviado a este mundo como testigo del amor de Dios, de que ese amor suyo, que pasa por mí, va dirigidos a todos, para que el mundo se salve. Entonces sí, orando, ayunando, viviendo los mensajes de la Virgen que son los de la Iglesia (aunque ya no se hable de ayunar y poco de orar) podremos ser los apóstoles, enviados de la Madre de Dios para estos tiempos, dando –con la fuerza que viene del Espíritu Santo- testimonio del amor de Dios Padre, en Cristo, con Cristo y por Cristo.

Oren por los pastores, porque nada de todo esto sería posible sin ellos 


          
Por la importancia que reviste, nuestra Madre no deja de repetir en cada mensaje su pedido de rezar por los sacerdotes. El triunfo de su Corazón Inmaculado vendrá junto a sus sacerdotes. Puesto que ¿cómo sería posible purificar el corazón y obtener el perdón de Dios sin el sacerdote que te confiesa? ¿Dónde te alimentarías espiritualmente y tendrías las fuerzas para el camino y para el duro combate sin la Eucaristía? ¿Dónde encontrarías guía espiritual y consejos en momentos de confusión? Rezar por los sacerdotes es rezar para que sean santos y puedan ser verdaderos, luminosos, valientes pastores de estos tiempos turbulentos.

P. Justo Antonio Lofeudo 


www.mensajerosdelareinadelapaz.org


reinadelapaz@mensajerosdelareinadelapaz.org

Fuente: Mensajeros de la Reina de la Paz

Publicado con el permiso de Mensajeros de la Reina de la Paz

No hay comentarios :

Publicar un comentario