lunes, 13 de agosto de 2012

Domingo 19° del Tiempo Ordinario Ciclo B 12-08-12

Todos serán enseñados por Dios


      Jesús había dicho que era el pan “bajado del cielo” (v 41). La verdad que es difícil entender esta expresión. En el Éxodo la encontramos a propósito del maná (16, 4) y se puede entender como un pan que es “don de Dios”. Jesús se identifica con ese “don de Dios” (6, 32). Este capítulo de Juan está dividido en dos partes por un estribillo que se repite tres veces (6, 31. 49. 58). Hoy leemos la primera parte (vv 35-48). En ella aparecen verbos que con el “pan” no tienen mucho que ver: por ej. “...el que crea”, “...el que escucha...”; “... serán enseñados ”, “...el que aprende”. Todos tienen como referente “el pan”. ¿De qué pan se habla? En esta primera parte, el “pan” es la Palabra de Jesús y quién recibe este pan “no tendrá más hambre”, es decir “tendrá la vida eterna”, o también “será resucitado en el último día” (vv. 35. 40). No se está hablando de la Eucaristía, sino de la Palabra y de la fe en la Palabra. Los que escuchan, en efecto, se resisten a creer a lo que Jesús dice. El evangelio dice que “murmuran”: si Jesús es hijo de José y de María, su palabra no viene del cielo, es una más de las muchas palabras de los hombres. Jesús añade una frase difícil de entender. “si el Padre no lo atrae” (v 44). ¿Habrá entonces alguien a quien el Padre no lo atraiga”? No creo. Pocos antes, Jesús dice: “Todo lo que me dé el Padre, vendrá a mí” y añade que la voluntad del Padre, acerca de lo que le ha dado a Jesús, es que él “no pierda nada” (v 39). ¿Qué le ha dado el Padre a Jesús? La humanidad entera con sus desgracias, fatigas y pecados. Pero, dicen los profetas que: “ Serán todos enseñados por Dios” (v 45). No hay entonces ningún ser humano que no pueda llegar a Jesús.
P. Aldo  Ranieri
PRIMERA LECTURA
1Rey 19, 1-8

Lectura del primer libro de los Reyes.

      El rey Ajab contó a Jezabel todo lo que había hecho Elías y cómo había pasado a todos los profetas al filo de la espada. Jezabel envió entonces un mensajero a Elías para decirle: "Que los dioses me castiguen si mañana, a la misma hora, yo no hago con tu vida lo que tú hiciste con la de ellos". Él tuvo miedo, y partió en seguida para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su sirviente. Luego Elías caminó un día entero por el desierto, y al final se sentó bajo una retama. Entonces se deseó la muerte y exclamó: "¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!". Se acostó y se quedó dormido bajo la retama. Pero un ángel lo tocó y le dijo: "¡Levántate, come!". Él miró y vio que había a su cabecera una galleta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua.  Comió, bebió y se acostó de nuevo. Pero el Ángel del Señor volvió otra vez, lo tocó y le dijo: "¡Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar!". Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb.

Palabra de Dios.

SALMO
Sal 33, 2-9

¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!

Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor:
que lo oigan los humildes y se alegren. 

Glorifiquen conmigo al Señor,
alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: Él me respondió
y me libró de todos mis temores. 

Miren hacia él y quedarán resplandecientes,
y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor:
Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. 

El Ángel del Señor acampa en torno de sus fieles,
y los libra. ¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!
¡Felices los que en él se refugian! 

SEGUNDA LECTURA
Ef 4, 30?5, 2

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso.

      Hermanos: No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los ha marcado con un sello para el día de la redención. Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo. Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos. Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios.

Palabra de Dios.

EVANGELIO
Jn 6, 41-51

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

      Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: "Yo soy el pan bajado del cielo". Y decían: "¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: 'Yo he bajado del cielo?'". Jesús tomó la palabra y les dijo: "No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: 'Todos serán instruidos por Dios'. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí. Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida. Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo".

Palabra del Señor.

En español, la alocución de Benedicto XVI previa al rezo del Ángelus del domingo 12 de agosto de 2012
      La lectura del sexto capítulo del Evangelio de Juan, que nos acompaña en la Liturgia estos Domingos, nos ha llevado a reflexionar sobre la multiplicación milagrosa, en la que cinco panes y dos pescados fueron suficientes para saciar una multitud de cinco mil hombres, y sobre la invitación que Jesús dirige a cuantos había saciado de empeñarse por un alimento que permanece para la vida eterna. Él quiere ayudarles a comprender el significado profundo del prodigio que ha obrado: en el saciar en manera milagrosa su hambre física, los predispone a recibir el anuncio que Él es el pan bajado del cielo (cfr Jn 6,41), que sacia de forma definitiva.
      También el pueblo judío, durante el largo camino en el desierto, había probado un pan bajado del cielo, el maná, que lo había mantenido con vida, hasta la llegada a la tierra prometida. Ahora, Jesús habla de si como del verdadero pan bajado del cielo, capaz de mantener con vida no por un momento o por un trecho del camino, sino para siempre. Él es el alimento que da la vida eterna, porque es el Hijo unigénito de Dios, que está en el seno del Padre, venido para donar al hombre la vida en plenitud, para introducir al hombre en la vida misma de Dios.
     
En la mentalidad judía era claro que el verdadero pan del cielo, que nutría Israel, era la Ley, la palabra de Dios. El pueblo de Israel reconocía con claridad que la Torá era el don fundamental y duradero de Moisés y que el elemento fundamental que lo distinguía con respecto a los demás pueblos consistía en el conocer la voluntad de Dios y por lo tanto la justa vía de la vida. Ahora Jesús, en el manifestarse como el pan del cielo, testimonia ser la Palabra de Dios encarnada, a través de la cual el hombre puede hacer de la voluntad de Dios su comida (cfr Jn 4,34), que orienta y sostiene su existencia.
      Dudar entonces de la divinidad de Jesús, como hacen los Judíos del relato evangélico de hoy, significa oponerse a la obra de Dios. Ellos afirman de hecho: ¡es el hijo de José! ¡Nosotros conocemos a su padre y a su madre! (cfr Jn 6,42). Ellos no van más allá de sus orígenes terrenales, y por esto se niegan a acogerlo como la Palabra de Dios hecha carne. San Agustín comenta: «estaban lejos de aquel pan celeste, y eran incapaces de sentir hambre. Tenían la boca del corazón enferma… De hecho, este pan requiere el hambre del hombre interior» (Homilías sobre el Evangelio de Juan, 26,1). Sólo quien es atraído por Dios Padre, quien lo escucha y se deja instruir por Él puede creer en Jesús, encontrarlo y nutrirse de Él para tener la vida en plenitud, la vida eterna. San Agustín agrega: «el señor… afirmó ser el pan que desciende del cielo, exhortándonos a creer en él. Comer el pan vivo, de hecho, significa creer en él. Quien cree, come; de manera invisible es saciado, como también de manera invisible renace. Él renace desde dentro, en su intimo se convierte en un hombre nuevo» (ibídem).
      Invocando a María Santísima, pidámosle guiarnos al encuentro con Jesús para que nuestra amistad con Él sea cada vez más intensa; pidámosle introducirnos en la plena comunión de amor con su Hijo, el pan vivo bajado del cielo, para ser por Él renovados en lo intimo de nosotros mismos. (Traducción del italiano, Raúl Cabrera-RV)

Fuente: 

Publicado con el permiso de San Pablo y Ecclesia Digital

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