sábado, 25 de agosto de 2012

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos 15-08-12


Algunos día después de esta solemnidad, a pesar de no haber publicado esta entrada en la fecha justa, me parece oportuno igualmente subir las lecturas y una homilía del Padre Justo Antonio Lofeudo. Disculpen el atraso.

Apocalipsis 11,19a.12,1-6a.10ab.
 
      En ese momento se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de su Alianza, y hubo rayos, voces, truenos y un temblor de tierra, y cayó una fuerte granizada.
      Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.
Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz.
      Y apareció en el cielo otro signo: un enorme Dragón rojo como el fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y en cada cabeza tenía una diadema.
      Su cola arrastraba una tercera parte de las estrellas del cielo, y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera.
      La Mujer tuvo un hijo varón que debía regir a todas las naciones con un cetro de hierro. Pero el hijo fue elevado hasta Dios y hasta su trono,
y la Mujer huyó al desierto, donde Dios le había preparado un refugio para que allí fuera alimentada durante mil doscientos sesenta días.
      Y escuché una voz potente que resonó en el cielo: "Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías, porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios.
      Y escuché una voz potente que resonó en el cielo: "Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de nuestro Dios y la soberanía de su Mesías, porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que día y noche los acusaba delante de nuestro Dios.

Salmo 45(44),10bc.11.12ab.16.
 
Una hija de reyes está de pie a tu derecha:
es la reina, adornada con tus joyas y con oro de Ofir.

¡Escucha, hija mía, mira y presta atención!
Olvida tu pueblo y tu casa paterna,
y el rey se prendará de tu hermosura.
El es tu señor: inclínate ante él.

Las vírgenes van detrás, sus compañeras la guían;
con gozo y alegría entran al palacio real.

Carta I de San Pablo a los Corintios 15,20-26.
 
      Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos.
Porque la muerte vino al mundo por medio de un hombre, y también por medio de un hombre viene la resurrección.
      En efecto, así como todos mueren en Adán, así también todos revivirán en Cristo, cada uno según el orden que le corresponde: Cristo, el primero de todos, luego, aquellos que estén unidos a él en el momento de su Venida.
      En seguida vendrá el fin, cuando Cristo entregue el Reino a Dios, el Padre, después de haber aniquilado todo Principado, Dominio y Poder.
      Porque es necesario que Cristo reine hasta que ponga a todos los enemigos debajo de sus pies.
      El último enemigo que será vencido es la muerte,

Evangelio según San Lucas 1,39-56.

      En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
      Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: "¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.
Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor".
      María dijo entonces: "Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz,
porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen.
      Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre".
      María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.



ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Homilía

La primera lectura de la Misa del día nos presenta el final del capítulo 11 y parte del 12 del Apocalipsis. Primero se nos muestra el santuario, que no es ya el santo de los santos del templo, sino el santuario del Cielo y en él el Arca de la Alianza. Según 2 Mac 2,7, Jeremías había ocultado el Arca de la Alianza que, de acuerdo a  interpretaciones rabínicas, reaparecerá al final de los tiempos, o como dice el texto: “cuando Dios reúna a su pueblo y le sea propicio”. ¿Qué contenía el Arca de la Alianza? Maná, las Tablas de piedra de la Ley y la vara de Aarón. Pero atención, inmediatamente después del Arca aparece la Mujer, figura portentosa “vestida de sol, la luna por pedestal y coronada con doce estrellas”.

Ya desde la época de los primeros Padres de la Iglesia se personificó a esta Mujer en María, la Madre del Señor. Entre las razones que la avalan están que esa Mujer “da a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro”, y ese Hijo no es otro que el Mesías, o sea Cristo. Está vestida de sol porque está revestida de la maternidad divina y es Reina, Madre del Rey. Coronada con doce estrellas que aluden tanto a las doce tribus de Israel, por ser Hija de Sión, como a los doce apóstoles de la Iglesia.

Quienes negaron que la Mujer fuera María se apoyaron en que en el pasaje dice que sufría los dolores del parto. Ciertamente que no pueden ser los del parto de Jesús ya que Ella no sufrió ningún dolor, pero sí el parto de los hijos que recibió en la Cruz, cuando su Hijo la hizo Madre de todos nosotros. “Mujer, he ahí a tu hijo”, le dice Jesús agonizante refiriéndose a Juan, el Discípulo amado y en él a todos nosotros. Y la llamó “Mujer”, como en esta visión del Apocalipsis. “Mujer”, nos recuerda el pasaje del llamado Protoevangelio, Gen 3,14: “Pondré enemistad entre tu linaje y su linaje, ella te pisará la cabeza mientras acecharás tú su calcañar”, le dice Dios a la serpiente, o Satanás. Y aquí vale la pena detenerse para ver cómo a través de ese término “Mujer” se está develando el misterio de María. Comentan los entendidos que, en la versión original hebrea del Génesis, hay una lucha entre el bien y el mal sin solución de continuidad y que no está determinado quién ha de ser que aplastará la cabeza a la serpiente. En la versión griega, la Septuaginta, hay una identificación, es alguien del linaje de la Mujer, es decir que ya ahí está presente la redención mesiánica. En la latina, en cambio, quien aplastará la cabeza no es un término neutro (que sería ipsum), ni masculino (ipse) sino femenino (ipsa). De allí viene la tradición mariana del triunfo de la Virgen sobre Satanás en la batalla final. Ello no quita que el triunfo de María venga por Cristo. A este respecto es interesante la representación iconográfica de los franciscanos con la Virgen y el Niño en brazos sosteniendo un tridente con el que atraviesa al Dragón. Allí está condensada la verdad teológica que estamos comentando.

Pues bien, en el Apocalipsis estamos de lleno ante el drama de la lucha entre la Mujer, o sea la Santísima Virgen, y Satanás. Drama que está ante nuestra vista, que estamos todos viviendo en estos momentos. Drama que se nos anticipó en las apariciones de Fátima y que conocemos por ellas su desenlace porque “finalmente mi Corazón Inmaculado triunfará”.

Esta Mujer es el Arca, pero el Arca de la Nueva Alianza. Arca porque en su seno contuvo no ya el maná perecedero sino al mismo Pan de Vida, Pan bajado del Cielo, Pan de eternidad que da la vida al mundo. No ya las piedras en las que estaban impresas las palabras de Dios, de la Ley, sino a la Palabra misma, que es Dios. No ya la vara de Aarón sino al Sumo y Eterno Sacerdote. Si el Arca era santa,  muy santa, María es Santísima, Inmaculada.

Queridos hermanos, hoy celebramos a esta Mujer que está en el Cielo, en la gloria. La Iglesia desde siempre lo supo, pero fue el Papa Pío XII quien en 1950 declaró solemnemente como Dogma de fe, divinamente revelado, la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma al Cielo.  La Santísima Madre de Dios no conoció en su cuerpo la corrupción de la muerte y fue elevada al Cielo. Está ahora Ella con su cuerpo glorioso en el Cielo. El Papa dejó una cuestión abierta, y esto porque aún hoy los teólogos no se ponen de acuerdo, si murió o no. Es decir si por algunos instantes estuvo muerta o no. Hay quienes sostienen que sí porque la Madre no puede ser más que el Hijo y el Hijo murió. Otros (debo decir que me inclino totalmente sobre esta opinión) arguyen que no, puesto que Ella era la Inmaculada que exenta, en mérito de su Hijo, del pecado original, que nunca cometió ni siquiera un pecado venial, no podía morir. Siendo el pecado la causa de la muerte, no podía haber muerto. Sí, dicen los otros, pero quién más inmaculado que Jesucristo. Cierto, pero Jesucristo “se hizo pecado”, asumió el pecado del mundo y lo llevó a la cruz para vencerlo con su muerte, como venció a la misma muerte y a Satanás. En fin, dejemos la cuestión abierta sabiendo, unos y otros, que la Santísima Virgen goza de la visión beatífica y de la cercanía, más que cualquier otra criatura, de Dios.

María no ha dejado nunca de estar unida a su Hijo y por eso también está Ella, la Reina, sentada a la derecha de su Hijo. En el momento culminante de la Redención, estaba Ella al pie de la cruz. Esa cruz del Hijo era su misma cruz. Esa Pasión era la suya en la medida de la máxima Com-pasión. Esos sufrimientos eran los suyos, aún en su cuerpo, terribles dolores de parto de la nueva gestación. Allí junto al Redentor está la Corredentora, la que ofrece al Padre junto al Hijo el sacrificio en total aceptación. Allí junto al Mediador está la Mediadora. Mediadora subordinada, claro está, a la única mediación de Jesucristo.
En unos momentos más y vendrá el sacrificio eucarístico y todos sabemos con absoluta certeza que en la Eucaristía nos encontramos con nuestro Señor Jesucristo, que es Dios. ¿Y con la Virgen  dónde nos encontramos? Ciertamente en la oración, y especialmente en el Santo Rosario. Pero también en la adoración. Cuando adoramos a su Hijo, Ella, la primera y más perfecta adoradora, está presente y nos llama a la adoración.

Esto también nos hace evidente que la misión de la Virgen es ser portadora del Señor. Ella nos trae a Jesús y nos lleva a Jesús. En este sentido, nosotros, los sacerdotes, tenemos que ser como Ella, traer a Jesús a los fieles (y lo hacemos en cada Eucaristía, en su Palabra, en los sacramentos) y llevar a los fieles a Jesús en cada intercesión, en que palabra que nos dicte el Espíritu Santo y en nuestra fidelidad a la gracia de nuestro estado que se manifiesta en un camino de santidad.

El Evangelio de san Lucas es el de la visitación a Isabel. Por esta visita y ante el mero saludo de María se produce una efusión del Espíritu Santo: Isabel confiesa quién es esa visitante y quien es el Hijo que está gestando, “la Madre de mi Señor”, (inseparables Madre e Hijo), y el niño -que será Juan el Bautista- de seis meses de gestación, da un brinco en el seno de Isabel manifestando así lo que había sido anunciado por el Ángel a Zacarías, su padre, que ese niño estaría lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre. ¡Cuánta gracia trae la visita de la Virgen! Más aún, trae al mismo Autor de la gracia, trae a Dios en el Hijo y en el Espíritu. Así también hoy, cuando nos dejamos visitar por María recibimos gracias. Gracias, grandes gracias en sus santuarios, en sus lugares de verdaderas apariciones.

Si ahora por un momento volvemos al Arca, podemos recordar que cuando David llevaba el Arca a Jerusalén iba danzando, brincando ante ella. Eso le valió el desprecio de su mujer, Mical, la hija de Saúl. Pues, David respondió al desprecio diciendo “delante de Yahvé danzo yo…” Y, dice la Escritura, Mical no tuvo ya hijos, como indicando una maldición de Dios. De aquí dos comentarios. El primero es vincular este Evangelio de hoy con el este episodio, porque ante el Arca de la Nueva Alianza, como David, el niño brinca de alegría en el seno de su madre Isabel. Lo segundo es el honrar a María y con Ella y a través de Ella al mismo Señor. Pobres aquellos que la desprecian, pobre de aquellos que se mofan de quienes la honramos, pobre aquellos que no se arrodillan, que rechazan hacer cualquier gesto de adoración y reverencia a Dios. Por ellos debemos interceder y reparar.

Para finalizar con el pasaje lucano, el Espíritu Santo llevó de prisa a la Virgen hasta Isabel y el Espíritu se expresa en Ella cuando María rompe su silencio en su canto de alabanzas, su Magnificat. “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, “Magnificat anima mea Dominum” que se puede traducir como “mi alma hace grande al Señor”. No es que a Dios lo hagamos grande nosotros porque Él es el Inefable, Infinito, Eterno, Tres veces Santo, sino que el alma, el corazón se dilata ante la presencia de Dios y explota en alabanzas.

Dios dilata el corazón de la pequeña, de la humilde para hacerla Madre del Hijo y luego Madre de todos los hombres. Esto debe enseñarnos a hacernos pequeños para dejar todo el espacio del corazón a Dios. Así sí seremos grandes ante Dios. Que la Santísima Virgen nos enseñe a alabar y a adorar a Dios.  Adoración que ya tiene que hacerse presente en esta Misa a partir del momento de la consagración.
P. Justo Antonio Lofeudo

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