lunes, 25 de julio de 2011

Domingo 17° Tiempo Ordinario Ciclo A 24-07-11


Primer Libro de los Reyes 3,5.7-12.

        En Gabaón, el Señor se apareció a Salomón en un sueño, durante la noche. Dios le dijo: "Pídeme lo que quieras".  Y ahora, Señor, Dios mío, has hecho reinar a tu servidor en lugar de mi padre David, a mí, que soy apenas un muchacho y no sé valerme por mí mismo. Tu servidor está en medio de tu pueblo, el que tú has elegido, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede entonces a tu servidor un corazón comprensivo, para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal. De lo contrario, ¿quién sería capaz de juzgar a un pueblo tan grande como el tuyo?".
        Al Señor le agradó que Salomón le hiciera este pedido, y Dios le dijo: "Porque tú has pedido esto, y no has pedido para ti una larga vida, ni riqueza, ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido el discernimiento necesario para juzgar con rectitud, yo voy a obrar conforme a lo que dices: Te doy un corazón sabio y prudente, de manera que no ha habido nadie como tú antes de ti, ni habrá nadie como tú después de ti.

Salmo 119(118),57.72.76-77.127-128.129-130.

El Señor es mi herencia: 
yo he decidido cumplir tus palabras.
Para mí vale más la ley de tus labios 
que todo el oro y la plata.
Que tu misericordia me consuele, 
de acuerdo con la promesa que me hiciste.
Que llegue hasta mí tu compasión, 
y viviré, porque tu ley es toda mi alegría.

Por eso amo tus mandamientos 
y los prefiero al oro más fino.
Por eso me guío por tus preceptos 
y aborrezco todo camino engañoso.
Tus prescripciones son admirables: 
por eso las observo.
La explicación de tu palabra ilumina 
y da inteligencia al ignorante.

Carta de San Pablo a los Romanos 8,28-30.

         Sabemos, además, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de aquellos que él llamó según su designio. En efecto, a los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el Primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.

Evangelio según San Mateo 13,44-52. 

        El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.
        El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.  Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?". "Sí", le respondieron. Entonces agregó: "Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo".

Reflexión de S.S. BenedictoXVI. Angelus domingo 24/07/11

        Hoy, en la Liturgia, la lectura del Antiguo Testamento nos presenta la figura del rey Salomón, hijo y sucesor de David. Nos lo presenta al comienzo de su reino, cuando era todavía muy joven. Salomón heredó una tarea muy ardua, y la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros era grande para un joven soberano. En primer lugar, él ofreció a Dios un solemne sacrificio, “mil holocaustos”, dice la Biblia. 
        Entonces el Señor se le apareció en una visión nocturna y prometió concederle aquello que habría pedido en la oración. Y aquí se ve la grandeza de ánimo de Salomón: él no pide una larga vida, ni riquezas, ni la eliminación de los enemigos; en cambio le dice al Señor: “Concede, a tu siervo, un corazón docil para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal” (I Rey 3,9). Y el Señor lo escuchó, así Salomón se hizo famoso en todo el mundo por su sabiduría y la rectitud de sus juicios.
          Por lo tanto, él pidió a Dios que le concediera una “corazón dócil”. 
         ¿Qué significa esta expresión? Sabemos que el “corazón” en la Biblia no indica sólo una parte del cuerpo, sino el centro de la persona, la sede de sus intenciones y de sus juicios. Podríamos decir: la conciencia. Entonces, “corazón dócil” significa una conciencia que sabe escuchar, que es sensible a la voz de la verdad, y por ello, capaz de discernir entre el bien y el mal”. En el caso de Salomón, la petición es motivada por la responsabilidad de guiar a una nación, Israel, el pueblo que Dios ha elegido para manifestar al mundo su designio de salvación. El rey de Israel, por lo tanto, debe tratar de estar siempre en sintonía con Dios, a la escucha de su Palabra, para guiar al pueblo por los caminos del Señor, el camino de la justicia y de la paz. Pero el ejemplo de Salomón es válido para cada hombre. 
         Cada uno de nosotros tiene una conciencia para ser, en cierto sentido, “rey”, es decir, para ejercer la gran dignidad humana de actuar según la recta conciencia, obrando el bien y evitando el mal. La conciencia moral presupone la capacidad de escuchar la voz de la verdad, de ser dóciles a sus indicaciones. Las personas llamadas a tareas de gobierno naturalmente tienen una responsabilidad ulterior, y por lo tanto –como enseña Salomón- necesitan aún más de la ayuda de Dios. Pero a cada quien le toca hacer su propia parte, en la situación concreta en la que se encuentre. Una mentalidad equivocada nos sugiere pedir a Dios cosas o favores.
        En realidad, la verdadera cualidad de nuestra vida y de la vida social depende de la recta conciencia de cada uno, de la capacidad de cada quien y de todos de reconocer el bien, separándolo del mal, y de tratar pacientemente de actuarlo. Para ello, pidamos la ayuda de la Virgen María, Sede de la Sabiduría. Su corazón es perfectamente “dócil” a la voluntad del Señor. A pesar de ser una persona humilde y simple, María es una reina a los ojos de Dios, y como tal nosotros la veneramos. Que la Virgen Santa nos ayude también, con la gracia de Dios, a formarnos una conciencia siempre abierta a la verdad y sensible a la justicia, para servir al Reino de Dios.

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