lunes, 25 de febrero de 2013

Domingo 2° de Cuarema Ciclo C 24-2-13

Transfigurarse es cambiar interiormente

          Mientras rezaba, el rostro de Jesús cambió de aspecto. Los apóstoles descubrieron otro Señor, el de la gloria y el triunfo. Su fe se vio robustecida, el testimonio de la voz afianzó su confianza de que el Mesías estaba con ellos. Hay un antes y un después de la transfiguración en la vida de los cuatro apóstoles elegidos por Jesús. Se dio en ellos un gran cambio interior, fruto de haber contemplado al Señor. Creo que todos hemos hecho la experiencia, al menos una vez, de sentirnos llamados a un cambio interior profundo en nuestra vida. Quizás, en un momento de oración, en ocasión de una fiesta, al inicio de una nueva etapa de la vida, en el momento de recibir un sacramento como la primera comunión o el matrimonio, o en el nacimiento de un hijo. Fue el momento en que hemos sido llamados a transfigurarnos; a no tener miedo de cambiar, y dejar que Dios nos transforme; a no dormirnos en lo que somos, para salir de nuestra carpa, segura pero angosta, y subirnos a lo desconocido. Pero no es un cambio imposible, un salto en el vacío, sino real y muy anclado en lo que somos. Si Cristo no transforma nuestro trabajo diario, la fatiga cotidiana puede volverse un martirio. Si el amor de una pareja no es transfigurado en una donación total y definitiva, puede caer en la rutina de la cual se quiere escapar con las recetas de las revistas faranduleras. Si la amistad no es transfigurada por la lealtad en los momentos de crisis, termina siendo una relación de conveniencia. Si la actividad política no es transfigurada por una búsqueda de la justicia y del bien común, termina por convertirse en un corrupto juego de intereses. Si los bienes económicos no son transfigurados por la solidaridad y la generosidad, terminan en la vanidad y la ostentación. Cuando nos exponemos a la luz de Cristo, cuando escuchamos su palabra, cuando comenzamos a caminar como él quiere, todo cambia, y también para nosotros hay un antes y un después de nuestra transfiguración personal. 

P. Aderico Dolzani, ssp.

PRIMERA LECTURA
Gn 15, 5-12. 17-18

Lectura del libro del Génesis.

          Dios dijo a Abrám: "Mira hacia el cielo y, si puedes, cuenta las estrellas". Y añadió: "Así será tu descendencia". Abrám creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación. Entonces el Señor le dijo: "Yo soy el Señor que te hice salir de Ur de los caldeos para darte en posesión esta tierra". "Señor, respondió Abrám, ¿cómo sabré que la voy a poseer?". El Señor le respondió: "Tráeme una ternera, una cabra y un carnero, todos ellos de tres años, y también una tórtola y un pichón de paloma". Él trajo todos estos animales, los cortó por la mitad y puso cada mitad una frente a otra, pero no dividió los pájaros. Las aves de rapiña se abalanzaron sobre los animales muertos, pero Abrám las espantó. Al ponerse el sol, Abrám cayó en un profundo sueño, y lo invadió un gran temor, una densa oscuridad. Cuando se puso el sol y estuvo completamente oscuro, un horno humeante y una antorcha encendida pasaron en medio de los animales descuartizados. Aquel día, el Señor hizo una alianza con Abrám diciendo: "Yo he dado esta tierra a tu descendencia".

Palabra de Dios.

SALMO
Sal 26, 1. 7-9. 13-14

El Señor es mi luz y mi salvación.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré? 
¡Escucha, Señor, yo te invoco en alta voz,
apiádate de mí y respóndeme!
Mi corazón sabe que dijiste:
"Busquen mi rostro". 

Yo busco tu rostro, Señor,
no lo apartes de mí.
No alejes con ira a tu servidor,
Tú, que eres mi ayuda;
no me dejes ni me abandones,
mi Dios y mi salvador. 

Yo creo que contemplaré
la bondad del Señor
en la tierra de los vivientes.
Espera en el Señor y sé fuerte;
ten valor y espera en el Señor. 

SEGUNDA LECTURA
Flp 3, 17?4, 1

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos.

          Hermanos: Sigan mi ejemplo y observen atentamente a los que siguen el ejemplo que yo les he dado. Porque ya les advertí frecuentemente y ahora les repito llorando: hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo. Su fin es la perdición, su dios es el vientre, su gloria está en aquello que los cubre de vergüenza, y no aprecian sino las cosas de la tierra. En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio. Por eso, hermanos míos muy queridos, a quienes tanto deseo ver, ustedes que son mi alegría y mi corona, amados míos, perseveren firmemente en el Señor.

Palabra de Dios.

EVANGELIO
Lc 9, 28b-36

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

          Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Él no sabía lo que decía. Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: "Éste es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo". Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.

Palabra del Señor.

El texto íntegro del último Angelus de Benedicto XVI (24-2-2013)

          A las 12 horas del domingo 24 de marzo, Benedicto XVI ha rezado su último Angelus dominical como Papa. Este es el texto, relativo al  evangelio de la Transfiguración del Señor, de la alocución previa a la oración mariana:
          En el segundo domingo de Cuaresma la Liturgia nos presenta siempre el Evangelio de la Transfiguración del Señor. El evangelista Lucas resalta de modo particular el hecho de que Jesús se transfiguró mientras oraba: la suya es una experiencia profunda de relación con el Padre durante una especie de retiro espiritual que Jesús vive en un monte alto en compañía de Pedro, Santiago y Juan, los tres discípulos siempre presentes en los momentos de la manifestación divina del Maestro (Lc 5, 10; 8, 51; 9, 28).
          El Señor, que poco antes había preanunciado su muerte y resurrección (9, 22), ofrece a los discípulos un anticipo de su gloria. Y también en la Transfiguración, como en el bautismo, resuena la voz del Padre celestial: “Éste es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo” (9, 35).
          Además, la presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas de la antigua Alianza, es sumamente significativa: toda la historia de la Alianza está orientada hacia Él, hacia Cristo, quien realiza un nuevo “éxodo” (9, 31), no hacia la tierra prometida como en tiempos de Moisés, sino hacia el Cielo. La intervención de Pedro: “¡Maestro, qué bello es estar aquí!” (9, 33) representa el intento imposible de demorar tal experiencia mística. Comenta san Agustín: “[Pedro]… en el monte… tenía a Cristo como alimento del alma. ¿Por qué habría tenido que descender para regresar a las fatigas y a los dolores, mientras allá arriba estaba lleno de sentimientos de santo amor hacia Dios que le inspiraban, por tanto, una santa conducta?” (Discurso 78, 3).
          Meditando este pasaje del Evangelio, podemos aprender una enseñanza muy importante. Ante todo, la primacía de la oración, sin la cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo. En la Cuaresma aprendemos a dar el justo tiempo a la oración, personal y comunitaria, que da trascendencia a nuestra vida espiritual. Además, la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones, como en el Tabor habría querido hacer Pedro, sino que la oración reconduce al camino, a la acción.
          “La existencia cristiana – he escrito en el Mensaje para esta Cuaresma – consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios ” (n. 3).
          Queridos hermanos y hermanas, esta Palabra de Dios la siento de modo particular dirigida a mí, en este momento de mi vida. El Señor me llama a “subir al monte”, a dedicarme aún más a la oración y a la meditación. Pero esto no significa abandonar a la Iglesia, es más, si Dios me pide esto es precisamente para que yo pueda seguir sirviéndola con la misma entrega y el mismo amor con que lo he hecho hasta ahora, pero de modo más apto a mi edad y a mis fuerzas. Invoquemos la intercesión de la Virgen María, que ella nos ayude a todos a seguir siempre al Señor Jesús, en la oración y en la caridad activa.
(MFB – RV).


Fuente:

Publicado con el permiso de San Pablo y Ecclesia Digital

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